14 de febrero de 2011

El romance en el Paraguay desde los tiempos de la Independencia

¿Cómo fue el amor en Paraguay a partir de la Independencia? Escudriñando en el quehacer nacional desde 1811, la historiadora Ana Barreto brinda su visión en torno a la vida privada, plena de rituales, costumbres y anécdotas. Por Cecilia Medina/Suplemento Abc color
El enamoramiento, noviazgo, relaciones de pareja y casamiento tienen hoy en Paraguay características acuñadas por nuestros antepasados. Los 200 años de independencia patria invitan a reflexionar acerca de múltiples ámbitos. Uno de ellos tiene que ver con la historia social, y en especial aquella relativa a la vida privada.
La historiadora Ana Barreto plantea un análisis acerca de “las formas claras del amor desde la Independencia hasta finales del siglo XIX”, y afirma que “la historia social, y entre ellas, muy especialmente la historia de la vida privada no han tenido un buen desarrollo, ni han llamado la atención a historiadores paraguayos.
Se debe esto en parte a que, normalmente es la historia de hechos político-militares o religiosos y la vida en torno a los grandes hombres la que normalmente es trabajada en la historiografía”. Refiere además que “quien se ha dedicado a releer mejor estos aspectos y esbozado interesantes hipótesis al respecto, ha sido la Dra. Bárbara Potthast-Jutkeit, una de las especialistas en historia social paraguaya del siglo XIX”.
-¿Por qué es útil saber acerca de esa parte de nuestra realidad?
-Más allá de conocer, por así decir, los rituales propios del amor, sirven estos datos para explicar en gran medida la conducta que ha venido observándose en los paraguayos, es decir, ciertas cosas que hacemos hoy y la manera en que pensamos. ¿Siempre fue así? ¿Es diferente, desde cuándo y por qué?
-¿Cómo era la relación amorosa de los paraguayos durante el siglo XIX?
-Casi todos los viajeros que visitaron la provincia del Paraguay y la región circundante coinciden en observar que la conducta sexual de las mujeres y hombres era “muy a menudo, bastante relajada”.
-¿Qué significaba eso?
-Pues bien. El Paraguay siempre fue una provincia de frontera y contención de límites con respecto al resto del virreinato, en constantes choques guerreros con indios y como tal, confinada, sin el incentivo de ser una tierra rica en metales. Esto hacía que autoridades civiles y eclesiásticas se lo pensasen dos veces antes de elegir la provincia como destino; por lo tanto, normas y reglas, de todas la índoles, eran menos controladas que en el resto de América.
-¿Involucraba esta característica a las uniones de parejas?
-El concubinato era muy extendido durante la Colonia, en parte debido al sistema que los españoles implementaron en los primeros tiempos de la Conquista y por otra parte —más cerca del período de la Independencia— por el tiempo que un hombre debía estar fuera de la casa cumpliendo el servicio militar en las fronteras durante las reformas borbónicas. Es decir, tal como hoy, fuera de la élite, las mujeres consideraban el casamiento o unión siempre y cuando exista un amor traducido en compañerismo y ayuda mutua más que por presión social. No había una edad preestablecida para las relaciones sexuales, y sí, en qué grado de parentesco era tolerable. Como decían antes, la élite, conservadora y católica practicante, trataba de observar ciertas reglas respecto a ello, pero en la inmensa mayoría, la sexualidad se empezaba a explorar aproximadamente desde los 14 y 15 años, tanto para mujeres como para hombres.
-¿A qué edad se casaban las personas?
-La edad ideal para el casamiento era pasando los 24 años, pues recién ahí se era mayor de edad y se podría elegir pareja sin la anuencia de los padres, aunque bien, tampoco se podría fiar uno de ello. Félix de Azara había hecho una observación sobre las jovencitas de la campaña, diciendo: “yo no creo que ninguna de estas mujeres conserve su virginidad pasados los 8 años”. Dada la formación de él, puede ser esta una reflexión exagerada pero que sí ilustra, junto con el resto del párrafo, que el amor en sí era libre.
Clases sociales, abolengo, infidelidad
-¿Cuál es un ejemplo relacionado con aquella época?
Hay un caso muy ilustrativo que sucedió un poco más de 10 años antes de la Independencia. Una mujer viuda llamada María Ortiz de Vergara, pobladora de Capiatá, pidió al gobernador que intervenga en la boda de su hijo Joseph Acosta con María Pavón. El motivo era el típico, dada la alta clase social y abolengo de la madre: el hijo iba a casarse con una mujer mayor, madre de 5 hijos y nieta de un esclavo. Algo prohibido y sumamente vergonzoso para la época. Pese a que el joven manifestó ser mayor de edad y amar a la novia, el gobernador, finalmente impidió no solo el casamiento sino la convivencia misma, ya que ambas sangres no podían mezclarse. El Dictador también mantuvo esas antiguas leyes españolas. Aunque existiese amor, la descendencia de cualquier tipo de gente de color, más allá del color de la piel, era prohibida. Para la sociedad próspera económica que enfrentó la Revolución de Mayo, lo más natural era el matrimonio entre ellos mismos buscando perpetuar el apellido y las fortunas. Aunque, por supuesto, no estaban exentos de infidelidades masculinas y, en grado menor, las femeninas.
-¿Existen referencias acerca de esas infidelidades?
-De las masculinas hay registros en el Archivo Nacional, siempre que el problema mayor sea un derivado de esa conducta. Es decir, si la infidelidad suponía que el marido se ausente de la casa y haga faltar el alimento, o que tenga hijos extramatrimoniales y no los ayude. Los padres paraguayos, si bien no se casaban con las madres la mayoría de las veces, reconocían a sus hijos otorgándoles algunos que otros bienes, pero no siempre el apellido, pues ello en realidad no tenía mucha importancia. Las infidelidades femeninas, en cambio, siempre estaban envueltas en escándalo. También en este caso se tienen noticias en el Archivo, cuando ello provoca una conducta violenta: golpes, maltrato, asesinato o cortes de cabello. A veces, como las relaciones entre esclavos o indios no eran aceptadas por la sociedad que se reputaba como blanca o española, nada impedía que efectivamente se sucedieran a escondidas. Una mujer, soltera o casada, podía estar viéndose con un amante indio o esclavo, y si por alguna razón la relación se cortaba desde la mujer, a veces, el despecho del amante era vengarse públicamente cortándole la larga cabellera que usaban las mujeres coloniales bruscamente y en público. Sin decir palabra, el hombre aparecía montado o no, y cuchillo en mano, recortaba las trenzas de la mujer violentada y huía llevando consigo el cabello. Normalmente era la prueba de una relación clandestina, que motivaba siempre que ya sea el marido o el padre haga buscar o ejecutar en algunos casos al malhechor. El relacionamiento de los amos de la casa con sus esclavas se creería que hasta era normal y bajo ningún punto de vista comentado públicamente, por lo tanto, casi nada denunciado si existía algún exceso.
Serenatas y esquelas
-¿Cómo eran las conductas amorosas?
-Sobre las conductas amorosas, también los viajeros hacían las observaciones. Las mujeres paraguayas eran directas para concretar una relación, ya que normalmente se ocupaban ellas mismas de su sustento; el flirteo no se extendía demasiado. Las serenatas eran lo clásico para agasajar a la pretendida. Todavía se lee en los periódicos de inicios del siglo XX de qué modo se criticaba la serenata como un acto vulgar, ya que los aires de la modernidad irrumpían en la Asunción, pero durante todo el siglo XIX, junto con las coplas cantadas (versos con algo de ritmo) eran lo estilado. Lo eran también las esquelas de amor. Con algunos hombres no había problemas para que escriban las “cartas”, pero con la mayoría de las mujeres sí, ya que la formación que recibían no era la misma y tampoco la educación en ellas era importante. Así que el medio para que los enamorados furtivos se encuentren por medio de mensajes escritos era que la mujer pagaba a un escribiente el trabajo de hacer la carta a nombre de ella. Muchos padres ponían como pretexto que no enseñarían a sus hijas a leer para que no puedan cartearse a escondidas con el novio. Increíblemente, en una entrevista que hice hace semanas en Pedro Juan Caballero, la señora Juana de Benítez me dijo que su padre también decía eso en 1930. Comparativamente, el tenor de las cartas de amor no ha cambiado mucho a la fecha.
-¿De qué modo se festejaban los casamientos?
-Hay muy pocas descripciones de lo que era una fiesta de bodas, ya que como se ve, eran porcentualmente escasas. Pero también porque no interesaban nada más que como anécdotas. John Robertson describe en uno de sus libros sobre Paraguay lo que era una fiesta en 1820, que bien podría también entenderse como un similar festejo de matrimonio: las invitaciones eran personales ya que las tarjetas no existían; la comida abundante, igual que las bebidas alcohólicas y los jugos, los juegos de azar, los dulces, la música, integrada por violines, guitarras y voces. Cigarros para fumar y mucho baile, normalmente hasta bien entrada la madrugada. Contaba Rengger, un médico que vivió en el Paraguay de Francia, que cierta vez una señorita quería pasar la noche en su cama con un capitán pero sin que se enteren sus padres, y recurrió al médico para que le recete una pócima que —naturalmente— los haga dormir profundamente.
-¿Cuál era la legislación acerca de las bodas?
-Cuando Francia asume el poder, ya desde 1814 ordenó una disposición que afectó profundamente la composición “legal” del matrimonio en las capas altas: prohibió el casamiento entre europeos y extranjeros de cualquier lado con cualquier tipo de paraguaya, exceptuando a las negras o indias de los pueblos. Como en la clase alta se casaban siempre “entre ellos”, estas leyes lo que consiguieron fue que las uniones libres y el concubinato o “escandalosa vida” se acrecienten aún más. Una vez que Carlos Antonio López llegó al poder en la década del 40, trató de todas las formas de perseguir a las personas para que contraigan matrimonio y utilizó todos los recursos estatales para ello: visita del juez a la casa de la pareja, apercibimiento, notificaciones, amenazas de confinamiento tanto para hombre como para mujeres, etc. Pese a todos los esfuerzos del presidente, lo que se logró no fue tan significativo: las mujeres seguían optando, si bien no siempre por casarse, por tener hijos sin necesidad de estar reconocidos.
-¿Importaba el amor?
-Por los legajos civiles de —al menos— la primera mitad del siglo XIX, una cosa era clara: un matrimonio no existía para una paraguaya si no había amor, y el amor era ayuda mutua y compañerismo. Aunque no es posible cuantificar, en algunos casos también existen los matrimonios impuestos por los padres, que normalmente derivaban en un pedido de divorcio ante la Iglesia cuando los cónyuges afirmaban no quererse más o cuando la esposa era muy golpeada o abandonada. En la demanda por divorcio de María Manuela Aponte contra Simón Cañete en 1822, ella decía: “Y si se dice, debe estar sujeta al marido, es únicamente en aquello que le convenga a la felicidad espiritual de ambos, porque tampoco ella es esclava sino muy ingenua e igual en todo a su esposo, pues de lo contrario no sería compañera sino sierva, lo cual es falso”.
-¿Cómo era la vida de las mujeres que optaban por no casarse, y no tener familia?
-Lo contrario a una mujer casada o no, pero con hijos, eran las solteronas. Durante la Colonia, las solteronas no eran mal vistas; eran mujeres a las que se les había “pasado la edad florida” por varios factores que entre la clase alta podía ser el hecho de no tener suficiente dote que ofrecer el futuro marido. Normalmente, si no contraían matrimonio, quedaban al servicio de la Iglesia o de los santos varios. Entrado el siglo XX, cuando el liberalismo exigía distanciamientos entre Estado-religión, las solteronas pasaron a ser motivo de burlas, ya sea en la prensa satírica como en coplas varias. Si en pleno siglo XIX había motivos para querer huir de la soltería, a inicios de 1900 los había aún más.

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