6 de febrero de 2011

Propulsor de la marina mercante paraguaya

Cuando uno se pone a contemplar desde la ribera de nuestros principales ríos, puede ver los frecuentes pasos de grandes convoyes de embarcaciones llevando y trayendo mercancías por valor de muchos millones de guaraníes.
Por Bernardo Gutiérrez - surucua@abc.com.py
Barcos, remolcadores, chatas, etc., con banderas nacionales o extranjeras surcan las aguas de las vías fluviales. Pero ¿quién recuerda a uno de los propulsores de esa actividad en nuestro país? La respuesta es: nadie.
Queremos hacer justicia a uno de ellos, don Andrés Scala, quien fue el que vino con su vigor de hombre emprendedor a reflotar la actividad naviera en la posguerra del 70.
Don Andrés nació en Génova, Italia en 1844. Muy joven se inició en la actividad naval, en el astillero de un tío suyo, en aquella ciudad portuaria italiana. A los 21 años vino a América, estableciéndose en Buenos Aires en 1865, instalando en La Boca un astillero en donde fabricaba diversos tipos de embarcaciones, la mayoría destinada a transporte de yerba en el Paraguay.

En 1882 vendió su astillero boquense y se estableció en el Paraguay, ubicando su astillero en el viejo Arsenal de la época de los López. Con él vinieron al país varios constructores navales como los Bozzano, Barraza, Pomati, Amigo y Mayor, quienes, después, instalaron sus empresas en el Paraguay.
Don Andrés Scala tuvo un muy buen equipado astillero y construyó numerosas embarcaciones, entre ellas, siete remolcadores, llamados “Scala 1, 2, 3…”. Además construyó embarcaciones de varios cientos de toneladas y un gran bote salvavidas que ganó el primer premio en la exposición de San Luis, Estados Unidos de Norteamérica, en 1903. Colaboró para la instalación de los Arsenales de Guerra y Marina en 1927. Murió poco después.
El perdón
Una costumbre de nuestra gente —que todavía se practica en algunos puntos del país— es el rito del “perdón”, realizado en las ceremonias nupciales.
Apenas llegada de la iglesia, la pareja de recién casados entra a una habitación donde les esperan los padres de la novia.
La pareja se arrodilla frente a los padres y con las manos juntas piden perdón por las faltas cometidas durante la soltería.
La madre y el padre les perdonan, los bendicen y brindan criteriosos consejos para observar en la nueva vida que inician juntos. La duración del acto se extiende según la elocuencia de los padres. En caso de las madres solteras o viuda, es ella sola la encargada de los consejos y de impartir las bendiciones.
Una vez concluida la modesta ceremonia, los contrayentes salen a recibir el saludo de la concurrencia y a departir la fiesta ofrecida por la ocasión.
Soldado y cronista
Uno de los primeros cronistas de los años de los descubrimientos del continente suramericano fue el soldado y marino alemán Hans Staden.
Había nacido en 1525, en Homberg, Alemania, y en 1547 se embarcó en un buque que venía a América. En 1549, contratado como artillero, realizó un segundo viaje hasta la capitanía portuguesa de San Vicente.
Defendiendo el fuerte San Felipe, fue tomado prisionero por los tupinambá, conviviendo con ellos durante nueve meses, hasta que fue rescatado por el navío francés “Catherine de Vetteville”, que lo llevó de regreso a su país.
Años después publicó su autobiografía, en la que contó las penurias que padeció en poder de los indígenas antropófagos del Nuevo Mundo.
Gorostiagacué
Muchos de los barrios capitalinos y alrededores se formaron de terrateniencias cuyos nombres, en muchos casos, los tomaron de sus antiguos dueños. Tal el caso de populosos barrios como San Pablo, ex Stroessner), antigua propiedad de los Bejarano. O Viñascué, o su vecino Zeballoscué, o Uriartecué, actual Tacumbú; Villa Aurelia, propiedad de doña Aurelia Cervera de Campos; Villa Morra, urbanizado por el doctor Francisco Morra; barrio Jara, antigua propiedad de don Tomás Jara, etc.
El actual barrio Nazaret antiguamente era propiedad de los Gorostiaga y durante mucho tiempo fue conocido como Gorostiagacué.

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