1 de mayo de 2011

Un “duende” en la embajada

El “shoe shiner”(lustrabotas) oficial de la embajada de EEUU en Paraguay.
A los nueve años, Pablito deambulaba por la zona del Puerto de Asunción haciendo de lustrabotas. Casualmente, conoció a un miembro de las Oficinas Operativas de la Misión de los Estados Unidos que, en los años 60, funcionaban en las cercanías. De aquel entonces, pasaron 54 años y hoy es el “shoe shiner” oficial de la embajada. Por Pedro Gómez Silqueira . Abc Revista
Merodea por el edificio como si fuera un duende. A los 63 años, Pablo Peña —a quien todos llaman “Pablito”— no es un simple lustrabotas que ha prestado sus servicios a varios diplomáticos de los Estados Unidos que pasaron por nuestro país, ni quien reparaba los zapatos de la embajadora Maura Harty. “Es un miembro más de nuestra familia; camina por aquí y la embajada está abierta para él siempre. Es un caso único, quizás en el mundo, en lo que se refiere a nuestras embajadas. No conozco otro caso”, dice James Russo, el director de prensa y cultura.
A decir de Russo, Pablito es como “un hijo de la embajada, muy querido por toda la gente que trabaja allí por ser buen trabajador, tener buen carácter y ser cariñoso”. El sentimiento es mutuo, pues para él la sede diplomática es parte de su corazón.
La historia comienza en las afueras del Puerto de Asunción, donde el niño de apenas nueve años y con una malformación en los pies —tenía pie bot— recorría dificultosamente las oficinas y los comedores u otros negocios de la zona para lustrar zapatos. También entraba a los depósitos de Aduanas y en “Punto Cuarto” empezaba a limpiar sus calzados a los choferes.
Por un azar del destino, un día estaba lustrándole los zapatos a quien recuerda como uno de los “capos” de la Aduana, inspector y cliente habitual —no recuerda el nombre—, quien se apoyó excesivamente sobre su cajón de lustre. Como estaba hecho rústicamente de madera recuperada de una caja de manzanas del Mercado 4, quedó hecho trizas. “Se desarmó totalmente y yo me puse a llorar porque pensé que ya no tendría cómo ganarme la vida. Me prometió conseguir uno nuevo. Al poco tiempo ya me trajo uno de calidad, que realmente valía la pena”, recuerda.
Con este nuevo elemento de trabajo siguió con su labor y empezó a ingresar al edificio Parfina, hoy Marcopolo, donde funcionaban las Oficinas Operativas de la Misión de los Estados Unidos (USOM), antecesora de USAID en Paraguay, en los 60. Tanto el personal paraguayo como estadounidense le tomó cariño muy pronto y se convirtió en el lustrabotas “oficial”.
Pablito desde siempre había vivido con sus padres hasta que estos murieron. Tiene doce hermanos, dos mujeres y diez varones, pero ninguno ha superado su condición humilde ni ha estudiado. Su padre fue excombatiente de la Guerra del Chaco y su madre -cuenta con orgullo- era pirayuense descendiente del general José Eduvigis Díaz.
Entre los primeros funcionarios de la embajada, recuerda a Mr. Robin, un americano de origen portorriqueño, quien un día observó su vestimenta y le preguntó: “¿Pablito, vos no tenés otra ropa?”. “Yo tenía solo dos pantalones y dos camisas que lavaba de noche. Una ya estaba rota, pero igual me ponía. No sentía el frío jamás, porque yo era pobre y humilde”, comenta.
Mr. Robin lo invitó, en una fría mañana de julio, a acompañarlo a la Ropería París y le compró un par de camisas y un par de pantalones de corderoy. “Jamás me olvido de esto, de lo feliz que me puse y del olor que tenía mi ropa nueva”, dice con nostalgia como si lo estuviera oliendo al momento de hablar.
En los años 70, las oficinas de USAID se mudaron a un edificio adyacente a la actual embajada en Mariscal López y Kubitschek. Antes que perder contacto y quedarse en la zona portuaria, Pablito también se mudó con ellos. Así empezó a lustrar sus zapatos a los embajadores. El primero que conoció fue Mr. Robert White.
Como se hizo tan popular entre el personal de la embajada, Pablito fue sometido a varias operaciones del pie y ahora se maneja bastante bien con un ortopédico, gracias a la ayuda que recibió. “Me operé en 1992 en el IPS cuando era director el Dr. Jerónimo Segovia. También me ayudaron a superar mi sordera con un aparatito”.
Al igual que sus hermanos, Pablo era analfabeto, pero decidió superar esta situación yéndose a una escuela de alfabetización de adultos a instancias de sus amigos y benefactores. “Yo no sabía leer ni escribir. Tampoco sumar ni restar, así que fui a la Escuela República de México, donde aprendí. Pero me faltaba una profesión. Entonces, después me fui a entrenarme en compostura de calzados con algunos zapateros. Algunos eran muy argeles y otros no tanto, pero yo quería aprender y aguantaba”.
Cuando se hizo de profesión, los funcionarios de la embajada contribuyeron para construirle un pequeño taller de reparación de calzados. La inauguración se hizo con una gran chocolatada encabezada por el embajador Jon Glassman, en tiempos del General Andrés Rodríguez.
Hoy Pablo es sostén de su familia y es una institución en la embajada y en su barrio. Asiste a las recepciones, actos importantes y tiene fotos con los famosos. Y para que ningún detalle quede fuera, en su casa tiene un retrato de Barack Obama. Frecuenta y colabora con la iglesia de San Antonio de Padua.
“Pablito, como cariñosamente le llamamos, es parte de la familia de la Embajada desde hace años. A través del tiempo, Pablo se ha ganado la confianza y el aprecio fraternal de los funcionarios tanto paraguayos como estadounidenses. Nuestra sincera gratitud a Pablo por los 50 años de leal servicio y amistad con la comunidad de la Embajada de los Estados Unidos de América”, dice la embajadora actual, Liliana Ayalde.
Ya no es un simple lustrabotas que se ha ganado el aprecio de varias generaciones de diplomáticos ni funcionarios de una de las embajadas más importantes del país, sino también es un artesano, sostén de sus hermanos, que no han tenido la misma oportunidad que él.

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