27 de junio de 2011

Cultivar más el sentido del humor, una tarea que debemos asumir todos los paraguayos

Los paraguayos tenemos grandes déficits con el humor. También tendemos a esconder exageradamente nuestros estados de ánimo o, si se quiere, nuestros sentimientos.
Nos gusta disimular y, por ende, les queremos más a quienes nos hablan “bajito” y medio a escondidas, aunque nos “apuñalen” luego por la espalda, en el primer descuido.
Y esa forma de ser soterrada que nos caracteriza a la mayoría, nos lleva a odiar o despreciar a quienes hablan en tono un poco alto para nuestro gusto o quienes pronuncian bien las palabras, hablan claro y preciso y nos dicen de frente lo que piensan de nosotros.
En síntesis, adoramos la falsa “diplomacia”, aunque sabemos que la misma no es otra cosa que el cinismo y la hipocresía envueltos en papel celofán, y, en cambio, rechazamos casi siempre la franqueza.
Y para muestra basta un botón. Allí está el caso de José Luis Chilavert. Un deportista paraguayo que supo brillar con luz propia, por mucho tiempo como el arquero número uno del mundo. Indiscutible líder en el seleccionado nacional de fútbol y respetada figura, aun en el campo político, por hablar derecho, claro y de frente.
Y a menudo encasillamos, sin más, o los etiquetamos alegremente en el mundo de la “argelería” a los Chilavert y otros que, de tanto en tanto, rompen el conocido molde conformista y de falsa modestia de donde salen los paraguayos.
Y jamás nos percatamos de que cuando calificamos de “argel” a alguien lo hacemos generalmente por “pichadura” o envidia. Porque no hay peor “argelería” que la falta de tolerancia con el prójimo para aceptarlo como es.
Y cuando ese prójimo nos supera en coraje, conocimiento o triunfos en la vida, sentimos hacia él un profundo rencor y tratamos de rebajarlo de alguna forma, de demeritarlo en forma despiadada —incluso tratando de ridiculizarlo—, es que estamos sufriendo una profunda “pichadura”. Y la “pichadura” no es otra cosa que la expresión más grosera de la mediocridad.
Todo educador o educadora sabe que tanto la “argelería” como la “pichadura” aparecen ya en la niñez; por lo que es deber ineludible de quien “forma para la vida” trabajar sin descanso hasta erradicarlas.
Quienes conocen el trabajo de aula, todos los días son testigos de niños/as “argeles” (antipáticos/as, intolerantes) y “pichados/as” (tímidos/as, resentidos/as, mediocres). Estos niños o niñas deben merecer una especial atención, en el sentido de ayudarles a luchar contra esos lastres y asegurarnos de que jamás formen parte del bagaje que les habrá de acompañar en la fascinante aventura de vivir. Fuente: Suplemento escolar Abc color.

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