19 de junio de 2011

PADRE

Entre la hiperpaternidad exigente y el padre abandónico, ser un buen papá es un asunto complicado. En algunos casos también ha de ser difícil ser hijo. Por ejemplo, debe ser social y psíquicamente muy doloroso ser hijo de un padre que es padre (sacerdote), que luego se convierte en obispo, más tarde en presidente de un país y sumado a todo esto no te reconoce como hijo, lacerando tu más preciada identidad humana. A su manera, es un filicidio. Es una inmolación moral que remite a la imagen de Jesús crucificado pronunciando la frase: “Padre, por qué me has abandonado”. Por Carla Fabri.
Y bueno, hay padres de toda laya. Los hay violentos, de carácter débil, indiferentes y, por supuesto, también existen los padres dedicados, presentes, responsables y amorosos.
Claro que no es fácil ser buen papá en nuestro mundo que obliga a vivir para trabajar, a trabajar para conseguir dinero con el cual comprar cosas muchas veces innecesarias. Por eso existen papás dignos de compasión que están sobreocupados, saturados de actividades, con una agenda apretadísima donde la esposa y los hijos ocupan el espacio de las fotografías que colocan en su escritorio.
El padre ausente suele ser motivo de ansiedad depresiva en sus vástagos. La rabia hacia el padre distante, siempre muy ocupado en tareas laborales importantes, o la bronca porque un buen día se fue del hogar con viento fresco, es un motivo de consulta permanente con profesionales de la sicología.
La figura de un buen padre sustituto puede ser muy valiosa. Un hombre que se une a una mujer con hijos de otro, y los acepta, educa y mantiene dándoles afecto como suplente del verdadero padre, es una persona admirable.
Los hijos del divorcio no son necesariamente víctimas de la separación en sí misma, sino de la conducta y de las actitudes que cada miembro de la pareja asuma después del hecho. Si los padres se mantienen distantes como pareja, pero conservan los vínculos afectivos con sus hijos, manejando adecuadamente los sentimientos que les dejó la ruptura con el cónyuge, es probable que los hijos crezcan en salud psicológica.
Empecé esta nota con un ejemplo triste. La voy a concluir recordando a un amigo que es ejemplo de paternidad amorosa. Renunció a la comodidad de vivir en la placidez de un barrio silencioso y se mudó a una ruidosa avenida para estar a una cuadra del colegio de sus hijos, lo que le permite acompañarlos más tiempo y poder almorzar con ellos a diario. Porque un papá responsable provee lo necesario en el ámbito material, para el mantenimiento vital integral de un hijo o hija, y también sabe y le gusta compartir tiempo y experiencias, dar amor, practicar un acercamiento emocional que proporciona seguridad y autoestima. Estos son aportes insoslayables que todo buen padre entrega con desinteresada generosidad. Feliz Día del Padre.

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