14 de agosto de 2011

Asunción, la ciudad que sabe hacerse querer

Asunción nació bajo el signo del espejismo. Sus fundadores levantaron una Casa Fuerte para que sirviera de “amparo y reparo de la conquista” en la creencia obstinada de que sería el punto de partida para escalar las montañas de oro y plata. Por Alcibiades González Delvalle.
La fundación de la que sería la capital del Paraguay ha sido un accidente. Buenos Aires fue la elegida por don Pedro de Mendoza para el proyecto de afianzar los dominios españoles. Pero no había qué comer y los nativos no eran amigables. Con los carios encontraron amistad y alimentos. Un jesuita anónimo, citado por Julio César Chaves, escribió: “La fundación de esta ciudad (Asunción) fue más por vía de cuñadazgo, que de conquista, porque navegando los españoles por el río Paraguay arriba... los indios que estaban poblados en este puerto les preguntaron quiénes eran, de dónde venían, adónde iban y qué buscaban: dijéronselo: respondieron los indios que no pasasen adelante porque les parecía buena gente; y así les darían sus hijas y serían parientes. Pareció bien este recaudo a los españoles, quedáronse aquí, recibieron las hijas de los indios y cada español tenía buena cantidad... Viéndose los españoles abundados en comida de la tierra, y con tantas mancebas no aspiraron a más contentándose con un poco de lienzo de algodón teñido de negro para su vestido...”.
Desde los inicios de su existencia, Asunción sufrió las calamidades de la naturaleza y del hombre. En el mismo año de fundación “vino tantas langostas que el sol oscurecía y cubría toda la tierra y la destruyó, que no dejó cosa verde en ella....”. Cuando el proyecto de ciudad se expandía, el 3 de febrero de 1543, se produjo un pavoroso incendio que duró cuatro días. Se quemaron 120 casas, animales domésticos y granos que se guardaban para el consumo. La primera consecuencia fue el hambre.
Junto con estas y otras calamidades —como los raudales que arrastraban personas, viviendas y capueras— se padecieron los interminables enfrentamientos entre facciones rivales. Uno de los más serios fue la “herencia” de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, que dividió la Provincia entre “leales” —que eran sus partidarios— y “Comuneros“, que respondían a Domingo Martínez de Irala. Se alzarían después contra los jesuitas en feroces batallas que resonaron por todo el universo.
Por diez años, los conquistadores todavía se aferraban a la esperanza de llegar y adueñarse de la Sierra de la Plata. Todos los intentos habían fracasado porque no podían llegar hasta el sitio donde sabían o suponían que existía. Martínez de Irala, valiente, decidido, soñador, se puso al frente de un numeroso grupo de indígenas y españoles dispuestos a conquistar la esquiva fortuna, por la que se iban en suspiros y afanes. Y llegó hasta donde nadie había llegado antes por la ruta que se había trazado. Al fin, después de un largo, agotador, descomunal viaje, Martínez de Irala y sus hombres pisaron las estribaciones andinas. Pero solo fue para comprobar que el Potosí —El Dorado de los sueños y los quebrantos— ya había sido descubierto y tenía dueños. El regreso fue doblemente penoso. La desilusión explotó enseguida y camino a casa destituyeron a Martínez de Irala del cargo de gobernador.
Con los viajeros llegó la mala nueva a Asunción, ocupada en despilfarrar su energía en una revuelta, como tantas veces habría de repetirse en su historia. Se le repuso a Martínez de Irala, pero los asuncenos no se repusieron de la desdicha de saber que nunca tendrían oro ni plata. La noticia llegó a la metrópoli y el Rey Nuestro Señor decidió olvidarse de su pobre y lejana Provincia. La abandonó a su suerte. No merecía ni un minuto de su tiempo afanarse por unas tierras donde lo único que brillaba era el sol agobiante.
Aun con este abandono, Asunción se hizo cosmopolita. Movilizó sus fuerzas —que eran escasas— y su solidaridad —que era en exceso— para darse a la tarea formidable de sembrar ciudades.
Dos guerras internacionales, decenas de guerras civiles, cientos de miles de exiliados, saqueos sin misericordia de sus bienes. Estas y otras desdichas hicieron de Asunción una ciudad pobre. Siempre fue pobre. Margarita Durán nos cuenta que Hernandarias escribió: “Los franciscanos son los únicos religiosos que necesita esta provincia, porque son pobres y se contentan con poco...”.
Sin embargo, con su pobreza franciscana y sus muchos infortunios, Asunción se hizo querer hasta el delirio. Existe una copiosa documentación que prueba la admiración que inspiraba a nativos y extranjeros.
Queremos detenernos brevemente en algunos de sus poetas que le cantaron desde la nostalgia, el dolor, la ausencia. Muchos de los versos coinciden en comparar Asunción con la mujer a la que se ama, con la que se sueña, por la que se sufre.
Manuel Ortiz Guerrero le dice:
ha ñasaindývo romonguetáva
che novia rãicha, Paraguaý

Federico Riera:
Como novia que se pierde
en la bruma juvenil
se diluye en mi memoria
tu silueta femenil

Néstor Romero Valdovinos:
Evoco en la distancia
tu luz de atardeceres

Emiliano R. Fernández:
Ndaicuaai ojehuva cheve cheko´ente sapy´a
cheygué ygué rei rasaitema ndavy´ai
ama´e y paraguayre che resá anga ko iká
ahasegui rohecha, Asunción del Paraguay

En una grabación de “Paraguaype“, de Manuel Ortiz Guerrero y José Asunción Flores, Óscar Escobar inicia la música con estos desgarradores versos, al parecer sugeridos por Flores:
¡Ha che Paraguaý!
rohechasetepa hamanomboyve
Estos versos expresan la nostalgia de siempre de quienes, forzados a vivir lejos de Asunción, tienen amarrado el corazón a una ciudad apasionada y apasionante, que en un tiempo fue el centro de la Provincia Gigante de las Indias.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

Ultima Hora - Nacionales

Las ruinas jesuíticas observadas desde el aire

Visita a la tumba de Mangore.


Honor a quien honor merece!Sady y Teofilo Acosta directores de Ecos del Paraguay vistaron la tumba del gran musico paraguayo Agustin Pio Barrios cuyos restos descansan en el Cementerio de los Ilustres de El Salvador.