10 de octubre de 2011

Alma de barro

GREGORIA BENÍTEZ, MARCIANA ROJAS Y ROSA BRÍTEZ.
La actividad creativa y el profundo amor a la cerámica se fusionan en las figuras moldeadas por tres artesanas iteñas que nacieron y crecieron entre el ñai’u˜. Ellas llevan en el alma este oficio heredado de sus antepasados y, a través de sus manos, cobra identidad propia una de las manifestaciones de nuestro arte popular. Por Nancy Pérez- Abc color.
Nuestros pueblos más primitivos ya conocían la alfarería, actividad en la que siempre se han destacado las mujeres, por la delicadeza de sus manos. Con el mestizaje cultural hispano-guaraní, la elaboración de piezas de cerámica incorporó nuevas técnicas y formas, y tuvo un gran desarrollo en cuanto a la variedad de artículos utilitarios.
Algunos pueblos como Tobatí e Itá, antiguos asientos indígenas, sostienen hasta la actualidad la tradición de trabajar con el barro y sus artesanos siguen asombrando con creaciones innovadoras que, en lo profundo, mantienen reminiscencias de nuestra cultura indígena.
Tres dignas representantes de la artesanía nacional son hijas dilectas de Itá. Gregoria Benítez, Marciana Rojas y Rosa Brítez trascendieron las fronteras de su ciudad natal, y lograron el reconocimiento con una actividad que les permitió criar a sus hijos y también mantener la tradición alfarera, modelando así parte de la identidad paraguaya.

La gallinita de la suerte
Con sus 81 años a cuestas, doña Marciana Rojas sigue moldeando con envidiable habilidad la “gallinita de la suerte”, que Marciana creó hace más de cinco décadas y que le valió el reconocimiento internacional. De familia de alfareros, aprendió desde niña a darles forma a jarras, cántaros y platos, entre otras figuras.
Como la fama le llegó de la mano de la gallinita, explica bajo qué circunstancia la creó: “Cada año iba junto a la Virgen de Caacupé. En una ocasión, le pedí que me ayude para que nunca les falte nada a mis siete hijos. Poco después, soñé que estaba haciendo una gallina, me veía moldeándola y poniéndole las plumitas. La llamé ‘gallinita de la suerte’, porque fue la Virgen quien me dio”.
Hoy es una pieza tradicional de nuestra artesanía e incluso la reproducen artesanos de otras ciudades por la gran aceptación que tuvo.
“Las negras son para tener suerte en el trabajo, mientras que las blancas son para el amor”, asegura. Ña Marciana las moldea en distintos tamaños. Están desde las pequeñas, que miden unos cinco centímetros, hasta las más grandes, de unos setenta centímetros. En un día puede hacer hasta treinta pequeñas, pero terminar las de mayor tamaño le puede llevar tres jornadas.
En el corredor de la casa de una de sus hijas, doña Marciana encuentra el espacio ideal para sus diseños. Comienza a las siete de la mañana y no para hasta que sus fuerzas se lo permiten. “Antes solía quedarme hasta las 10 de la noche modelando figuras, pero ahora ya no puedo”.
La familia ayuda en el trabajo, ya que todos manejan la técnica y siguen fielmente el estilo de ña Marciana. Una de sus hijas pinta las gallinitas y les da la terminación final. “Modelar con la arcilla me dio muchas satisfacciones. Pude educar a mis hijos gracias a este trabajo, que fue lo que le pedí a la Virgen. Casi no entré en la escuela y quise que mis hijos pudieran estudiar. La Virgen me cumplió”, afirma Marciana.
De una generación a otra
Gregoria Benítez (74 años) se sentó a trabajar con el barro al lado de su madre a la edad de ocho años. “Aprendimos el oficio de generación en generación. Mi abuelita le enseñó a mamá, ella a mí y yo transmití mis conocimientos a mis hijos e incluso a mis nietos, quienes desde chiquitos comenzaron a tocar el barro. Creo que ellos también serán artesanos”.
Aunque sus hijos terminaron el colegio, todos quisieron dedicarse a la cerámica que, en los últimos años, se volvió rentable. “No me puedo quejar. Hoy la gente aprecia más nuestro trabajo porque hay mayor promoción, incluso vienen turistas a comprarnos en nuestro taller. Vivimos bien de nuestra artesanía y solo dependemos de la salud para poder trabajar”, sostiene.
Gregoria sabe hacer de todo un poco con el barro, pero los platos para la pared, las figuras humanas o los seres mitológicos son los que cobraron mayor fuerza en toda su obra creativa. “Antes hacía mucho un artículo utilitario llamado ñaopyrû (fuente), en el que se cocinaba el chipá guazú o la sopa paraguaya, pero ahora ya dejó de usarse. Entonces, empecé a pensar qué podía hacer y me incliné hacia los platos decorativos de pared. Primero le hacía unas florecitas, luego rostros indígenas o animalitos de nuestra fauna y vendí mucho. Hasta ahora sigo haciéndolos”, señala.
Gregoria es una apasionada del trabajo. El domingo le dedica a las actividades familiares, siendo el único día que le destina a un merecido descanso. “Aquí, en mi piecita, me concentro y veo cómo crear cosas. A las cinco (a. m.) vengo con mi matecito y empiezo a dar forma a alguna princesa nativa o al mitológico Yasy Yateré. Para mí es una diversión; me relaja, no pienso en nada más, solo en crear”.
Se dedica a su labor hasta que se pierde el sol y más si puede. Por eso pidió a sus hijos que le instalaran luz eléctrica en su taller para que ese placer por el trabajo pueda extenderse unas horas más. Si el clima es favorable, puede hacer hasta doce platos decorados en un día. “Comencé muy de abajo y a través de mi arcilla conocí muchos países en los que fui tratada como una verdadera reina. Yo no me siento menos que un médico o un abogado. Sé que no voy a hacer lo que hace un doctor, pero no todos pueden hacer lo que yo hago. Esto me da vida, me hace sentir joven, me permitió criar y dar educación a mis hijos, que viven dignamente y puedo decir que vivo feliz”, asegura Gregoria.
Arte que da vida
Rosa Brítez (70) lleva casi 60 años en la serenidad de su taller de alfarería, espacio de inspiración para la creación de un sinfín de figuras de barro que la llevaron a ser reconocida como “la ceramista de América”.
Ni bien asoman los primeros rayos del sol, doña Rosa está en pie para organizar la casa, llevar a cabo los quehaceres domésticos bien temprano para luego dedicarse de lleno a su arte.
Huérfana de madre y bajo el cuidado de una tía, su primer contacto con el barro fue a los nueve años. “Tuve que dejar la escuela en el tercer grado, pero no me arrepiento porque gracias a eso recorrí varios países del mundo”. Cuenta con orgullo que cuando expuso en España, el Rey Juan Carlos le compró trescientas piezas o que, en Estados Unidos, recorrió varias universidades para mostrar sus obras. “Mis trece hijos estudiaron gracias a mi trabajo y hoy sus familias viven de este oficio. Este trabajo no es fácil, exige mucha dedicación. No es freír empanadas y vender. Hoy solo cuatro de mis hijos trabajan conmigo”.
Inspirada en Madame Lynch, “La musa” es una de sus últimas creaciones. Esta pieza formó parte de la campaña para el combate del cáncer de mama de Asociación de Mujeres Afectadas por Cáncer de Mama (AMACMA). “Es una figura única, incomparable y con mucha vida”, dice.
En su taller, afirma encontrar alegría y tranquilidad. Un trocito de una tacuara, una cuchara o unas hojas de naranja se convierten en las principales herramientas para dar expresión o vida a sus creaciones. “Observo y hablo con mis figuras. Al hacerle la nariz, es como que respira y cobra vida; al formarle la boca, me da una sonrisa y con los ojos dibujados, me mira”, así describe doña Rosa esa comunicación que impera entre la artista y la obra.
“La creatividad sale de mí misma, me impulsa a seguir haciendo cosas. Uno de mis hijos ya no quiere que trabaje, y yo le digo: ‘¿Querés que me muera?’”.
En la obra de doña Rosa, los temas son diversos y dejan en claro su versatilidad como artista. Aunque, aprendió a moldear el ñai’u˜ (lodo, arcilla; materia prima para la cerámica) para ayudar a la familia, poco a poco fue descubriendo las posibilidades infinitas que surgen de un poco de arcilla.
Sus platos de pared con las figuras del Sol y la Luna fueron una de las creaciones más admiradas. Luego se sumaron figuras de la fauna paraguaya y otros objetos que se destacan por la originalidad de formas y texturas.
Rosa también desató la polémica con llamativas figuras con formas de parejas de enamorados representadas en el texto hindú Kamasutra.
Ciudad del cántaro y de la miel. La artesanía de barro es una actividad que marcó la identidad de Itá. Varios son los artesanos iteños que han cobrado fama nacional e internacional, exhibiendo sus obras en museos y centros culturales de distintas partes del mundo.  
Actualmente, hay 2500 personas aglutinadas en ocho asociaciones, según datos registrados por el Instituto Paraguayo de Artesanía (IPA), abocado a brindar un mayor apoyo a los ceramistas de dicha ciudad, a través de un proyecto encarado por la artesana María Magdalena Yegros León y Fredy Olmedo, titulares del IPA. Uno de los objetivos de la iniciativa es que las nuevas generaciones mantengan viva la tradición de la artesanía en barro, que hoy es motivo de orgullo.
El CAPICI cuenta con una exposición permanente, abierta al público en general.

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