26 de febrero de 2012

Febrero un mes “casquivano”

Definitivamente, febrero es un caprichoso. Anda por su cabeza. No cumple los requisitos de un mes como los otros del calendario: no tiene treinta ni treinta y un días, sino vientiocho; y hay veces, como ahora, que se da el lujo de tener un día más. Totalmente “casquivano”. Por Luis Veron (Abc color).
Como dijimos alguna vez, el término “calendario” deriva del verbo calo, que significa llamar, proclamar. Por eso, antiguamente, el primer día de cada mes se llamaba Kalendae o Calare. Era el día en el que el sumo sacerdote (pontifex) llamaba y convocaba al pueblo indicando los días fastos y nefastos. De ahí deriva la palabra calendario.    
La historia del calendario, si bien parece simple, es amplia e interesante. En ella, todo tiene su razón de ser: cuándo comienza, porqué la semana tiene siete días, el mes más o menos treinta días, etc.    
    El tiempo y sus medidas   
Desde que la humanidad existe sobre la tierra, necesitó medir el tiempo y así fueron estructurándose las convenciones que permitieron marcar las pautas para la medición de lo que conocemos como calendario, con sus segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, décadas y siglos; e, inclusive, milenios.   
    Es oportuno recordar que el día, la humanidad lo dividió en 24 partes iguales, denominadas horas. Esta fracción de tiempo, a su vez fue dividida en otras sesenta partes iguales, llamadas minutos, las que a su vez fueron divididas en otras tantas a las que se les llamó segundos, siguiendo un sistema sexagesimal.       
Pero pasa que, según las observaciones de los antiguos, los días no son iguales: hay un período donde el tiempo de luz es mayor al de oscuridad, y otro donde ocurre lo contrario. El primer caso ocurre en los meses de más calor, y el segundo en los de más frío. La observación de estos fenómenos habrá llevado a los antiguos a distinguir la existencia de las estaciones y de los solsticios, momentos bien definidos, con días de duración extremas (el más corto y el más largo: el día más corto y la noche más larga, “solsticio de invierno”; y el día más largo y la noche más corta, “solsticio de verano”. Por otra parte, cuando se dan días y noches de igual duración, se denominan equinoccios “de primavera y de otoño” porque ocurren dos veces en el año.   
El año y su tiempo  
Para determinar cuánto dura un año, contamos los días que pasan entre dos solsticios, pero ocurre que tales duraciones son aproximadas, no exactamente 365 días, solo que sobran unas horas que cada cuatro años completan el equivalente a un día y así surgieron los años bisiestos.   
    Ahora, ¿cuándo se inicia el año? Gran parte de la actividad humana está relacionada con conceptos agrícolas y religiosos. El tiempo se usaba para recordar festividades religiosas o para señalar el inicio y culminación de las estaciones, para indicar períodos de siempre, cosechas o apareamientos.   
   A fin de establecer estos períodos, los antiguos utilizaron los calendarios lunares regidos por el ciclo de 29,5 días de la Luna, correlativos con el período menstrual de la mujer y con el tiempo de preñez de 10 meses lunares.       
Los babilonios fueron los primeros en llevar un calendario lunar. Los celtas, en el norte de Europa, se rigieron por un calendario lunar en el que la unidad de medida no era el día, sino la noche. En la actualidad, el calendario lunar es usado en el mundo islámico, asociado a los dictados del Corán: “La luna nueva fijará el tiempo para la población y para el peregrinaje”.

Por otro lado, los egipcios optaron por el calendario lunar de 365 días y un cuarto, y son los precursores directos del calendario moderno que todavía usamos. En América, los mayas se regían por un calendario solar que resultó muy exacto.

Astronómicamente, el año solar es el tiempo de traslación de la Tierra alrededor del Sol, período en el que se suceden las cuatro estaciones. El día es el tiempo que tarda la Tierra en girar sobre su eje, dura 24 horas, y no tiene relación directa con la duración del año.

La duración exacta del año solar es de 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos, y por ello resulta imposible hacer coincidir el año con un número exacto de días. Había que encontrar un mecanismo para superar ese problema.

Por ello se optó por hacer el año de duración variable, estableciendo años cortos de 365 días y algunos largos, de 366 días.

El año, los años
Siendo el calendario solar más práctico, es el que se usa principalmente, aunque los judíos siguen empleando el calendario lunar. Y el calendario litúrgico de la Iglesia Católica tiene elementos lunares y solares. Por ejemplo: la Navidad está de acuerdo al calendario solar, pues se fija tres días después del inicio del verano en el hemisferio sur (21 de diciembre); y la Pascua se fija conforme al calendario lunar, pues el viernes santo es el anterior a la primera luna llena siguiente del equinoccio de primavera del hemisferio sur (21 de marzo).

Es oportuno reconocer que el calendario es una imitación y remiendo de otros más antiguos. El que usamos es una adaptación del calendario egipcio ordenada por el emperador romano Julio César. Hasta entonces, el calendario romano tenía 355 días y diez meses.

La intención del César era establecer un calendario de 365 días y cuarto, fijando un año bisiesto cada cuatro años. Los años romanos se contaban desde la fundación de Roma, 753 a.C. La intención del emperador era hacer coincidir el inicio del año con el día más corto, que para Roma era el 21 de diciembre actual. Pero la superstición del pueblo fue más fuerte y el pueblo prefería un calendario lunar. Así fue como el Senado exigió que el año empezara en la luna nueva de ese año, la que se presentó diez días después del solsticio de invierno (en el hemisferio boreal). Es por ello que el año no empieza el 21 de diciembre, como quiso Julio César, sino el 1 de enero.

Cuando se quiso hacer coincidir la Navidad (una festividad relacionada con el solsticio de invierno y con festividades paganas en honor al Sol) con el solsticio de diciembre, hubo un error de cálculo de tres días, por lo que se celebra entre el 24 y el 25 de diciembre. Otros pueblos celebraban la Navidad el 6 de enero, que luego se convirtió en la fiesta de los Reyes.

Un mes antojadizo
Un mes fuera de lo común es el que estamos viviendo, febrero. Su nombre deriva de febrvarivs, el mes de la purificación. En la fiesta de la Lupercalia, que se celebraba el día 15 de febrero, los sacerdotes lupercos (luperci) recorrían las calles de Roma azotando a los transeúntes con las februa, que eran tiras de cuero hechas con las pieles de los animales sacrificados, para purificar al pueblo de sus faltas y dar fertilidad a las mujeres. Según otra tradición, el mes de febrero debe su nombre al dios sabino de la purificación, Februus.

El mes fue creado por Numa Pompilio para completar el calendario decimestral. No era muy bien considerado por los romanos. En primer lugar porque era el último del año, pero también porque era el único mes que duraba un número par de jornadas. A lo largo de la historia de Roma ha sido el mes que más modificaciones ha sufrido, puesto que siempre que se ha querido aumentar la duración de los otros meses, se lo ha hecho a costa de quitar jornadas a Februarius.

El calendario mantuvo diez meses hasta la muerte de Julio César, en que se agregaron otros dos meses más, después del denominado quintilis. Uno fue llamado Julio, en honor del César y otro, Agosto, en honor del emperador Augusto.

Este calendario resultó bastante preciso y se conservó hasta el siglo XVI, cuando se hizo notable la acumulación de los pequeños errores. Estos errores derivaban de la diferencia entre la duración real del año (365,2421991 días) y de la supuesta (365,25 días). El error acumulativo era de 0,0078009 días por año. Pasados 1.622 años, resultaban 13 días, o sea casi medio mes.

De cuando desaparecieron 11 días

Por cuestiones religiosas, como la fijación exacta de la fiesta de la Pascua, para solucionar el problema, se realizaron numerosos estudios, con base en los cuales el papa Gregorio XIII encaró la reforma del calendario juliano. Efectivamente, en 1582, Gregorio XIII ordenó que desaparezca la diferencia acumulativa que se había generado con el paso de los años sobre el calendario juliano. Así, el día siguiente al 4 de octubre, resultó ser el 15 de octubre. De un plumazo, desaparecieron diez días.

Para eliminar el error de arrastre, se eliminaron los años bisiestos que correspondían al inicio de los siglos, con excepción de los años divisibles por 400 (esa es la razón por la que el año 2000 no fue bisiesto y sí lo fueron 1996, 2004 y 2008). Con esta corrección de 0,0075 días por año, queda solo un error de 0,00030009 días por año. O sea que 43,2 minutos por siglo.

Con ese tiempo acumulado, dentro de 33 siglos habrá que ajustar nuevamente el calendario, pero eso ya no será nuestro problema.

Así también, cuando se quiso hallar una solución al problema del desface entre el tiempo y los días, febrero fue el elegido para ello. Por eso hay años, como este, que tienen un día más de lo habitual.

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