3 de febrero de 2012

La noche negra de la dictadura había terminado

Se cumplen hoy 23 años de la caída del dictador Alfredo Stroessner, quien gobernó el país con mano de hierro por espacio de casi 35 años, sostenido por un grupo de militares, policías y civiles adulones entrelazados por un refinado sistema de delación e intriga, con el apoyo de centros de detención y tortura. Por Hugo Ruiz Olazar.
La mañana fresca y diáfana del 3 de febrero de 1989, día de San Blas, sepultó definitivamente la interminable noche de cañonazos que precedió la caída del general, venerado -por poco elevado a los altares- por sus partidarios, hábiles para agradarlo con poesías, canciones o bautizando con su nombre cuanto edificio público, plaza, calle, avenida, escuela, puente, barrio o ciudad que se construyera en cualquier punto del país.
La noche negra de la dictadura había terminado.
La reacción de la ciudadanía fue tímida al principio. La gente iba a mironear los destrozos, los restos de murallas desmoronadas, los árboles caídos por efecto de los bombazos, como si hubiera pasado una tormenta en los alrededores del Regimiento Escolta Presidencial.
Vacilando al principio, con más confianza después, al promediar el día, los asuncenos se trasladaron espontáneamente al radiocéntrico.
No había uniformados visibles. Había libertad absoluta para hablar, para desplazarse, para gritar como nunca.
Se formaron caravanas de vehículos que saludaron con bocinazos y gritos de algarabía la caída del “tiranosaurio”, como le marcó Roa Bastos. Los opositores antistronistas improvisaron mítines frente al Panteón de los Héroes. Algunos lloraban de alegría. Otros no podían creer que de un soplo Stroessner se había ido.
Las dudas eran valederas. Alguien decía: “¡Cuidado! Puede ser una trampa”.
Habían pasado 35 años.
El saldo de su resistencia fue de 41 muertos: el teniente coronel Miguel Ángel Ramos Alfaro y 22 conscriptos del Ejército, 4 conscriptos de la Armada, un subcomisario, 3 oficiales y 9 suboficiales de la Policía, además de un civil, el francés Alain Loetscher, sorprendido entre los fuegos en su automóvil, a metros del cuartel del Batallón Escolta.
La Comisión Verdad y Justicia le atribuye unos 450 asesinatos y desapariciones, además de 20 mil detenciones por razones políticas y un número similar de exiliados, sin contar los miles de expulsados por razones económicas, desde que asumió el control en 1954.

En los Archivos del Terror hay apenas fragmentos testimoniales de la represión.

Obligado a capitular antes de que las fuerzas de Oviedo derribaran su búnquer del Escolta -estremecido por los cañonazos- alrededor de las tres de la mañana, Stroessner bajó temblando del quinto piso, seguido de sus familiares y 17 generales leales.
Fue conducido ese viernes a la Caballería donde permaneció hasta el domingo 5, mientras se preparaba su exilio en Brasilia, ciudad donde murió, solo, el 16 de agosto de 2006, a los 94 años.
Durante su régimen, Paraguay fue refugio de los delincuentes internacionales más indeseables. Pagaban millonarias sumas “por protección”, entre ellos criminales de guerra nazis como “El Ángel de la Muerte” Josef Mengele o Rochmann “El Carnicero de Riga”. Algunos entrenaban en tormentos a policías de Investigaciones. Fuente Abc Color

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