4 de marzo de 2012

Vida y esperanza

Doña Morena Benítez (82) tiene un rostro surcado por las líneas de la vida. Una vida de cansancios, de esfuerzos, hasta quizás de tormentos, pero con cabida para la esperanza, alegría y ¡la galopa!. Por Nancy Duré Cáceres.
Ella es una de las antiguas galoperas de la Chacarita. Pertenece a esa “elite” de mujeres que, con pollera de volados, su typói jegua, anillos siete ramales y rosario de coral, salían a bailar cada 3 de febrero.
En esta fecha, “amenizaba la función”, junto a otras celébres galoperas, al son de Alejandro Cubilla y su banda Koygua o la bandita de Trinidad. Hoy, a sus 82 años, doña Morena sigue bailando quizás no con el mismo vigor, pero sí con la misma alegría. “¡Ja! Bailo desde muy joven, desde los 28 años por ahí. Yo bailaba y los muchachos me toreaban”, cuenta en su humilde casita de la Chacarita. Su memoria tampoco tarda en remontarse a su niñez, en la que las travesuras eran el pan nuestro de cada día al igual que los castigos. “Jugaba a la goma, a la tiquichuela, saltaba la piola, jugaba a la figurita y era trampeeera”, dice y suelta una carcajada.
“Me iba a la escuela, a varias escuelas, y nunca pasaba el primer grado; todos los años repetía, tenía quince años y seguía en la misma clase: te digo que soy maestra de primer grado”, cuenta y lanza otra sonora risa. “Pero eso sí, nadie me engaña en matemáticas”, aclara con vehemencia.
 Vienen a su mente también los castigos implacables de su madre. “Me dejaba todo marcas”, dice un poco más seria. Cuenta que se escapó y fue a “una casa ajena, a otra y otra”. “Mucho sufrí, hasta que me fui a Buenos Aires a trabajar y volví después de ocho años. Allá aprendí a ser más educada, a comportarme mejor. Terrible era; nadie me ganaba”. Tuvo dos hijos, Ignacio Ramón y Teresa de Jesús; trabajó de sol a sombra para sacarlos adelante y, en medio de esas vicisitudes, apareció la galopa. “Me invitaron mi comadre Luchi y su hermana Alberta”, recuerda. “Bailaba en el Parque Caballero, en el Club Oriental, en el Club 3 de Febrero; seguimos bailando todas las que comenzamos, las que quedamos”. Sonríe al rememorar aquellos tiempos. Los años no la alejaron de la galopa. Puede que ya no tenga los movimientos, pero su espíritu alegre sigue intacto en ese rostro surcado por la vida, y su nombre, sin duda, quedará registrado como figura de una de las expresiones culturales de nuestro pais. Fuente Abc Revista.

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