15 de abril de 2012

Orgulloso de ser hijo de una mucama paraguaya

El servicio doméstico parece fundamental para las clases medias en las que trabajan los dos padres. Sin embargo son usuales el poco reconocimiento y las menciones xenófobas. Este texto ofrece una mirada desde el otro lado, el del chico que quedaba solo porque su mamá, por necesidad, iba a cuidar una casa y a unos hijos que no eran lo suyos. Fuente Diario Clarin.

Oscar Fariña junto a su madre Teresa
En quinto grado, un día que se conmemoraba alguna fecha patria, me desplomé mientras cantábamos el Himno Nacional argentino, relata Oscar Fariña. Como siempre fui el más petiso del curso y se formaba la fila de menor a mayor conforme a la altura, no había nada adelante que estorbara mi caída. Primero aterricé de rodillas, y luego me fui de frente contra las baldosas del patio escolar. Un movimiento en dos tiempos. Incluso para caerme siempre fui poco resuelto.
Yo cursaba la primaria a la tarde. Por supuesto, cuando desperté me preguntaron enseguida si había almorzado. Contesté que sí, que me había mandado tres huevos fritos deliciosos. Al día de hoy me acuerdo de la cantidad de aceite que tenían esos ¡tres! huevos y mi hígado aún se resiente.
Por alguna razón, a ese muchachito que se cocinaba y almorzaba solo no le pareció que el menú fuera nada peligroso. ¿Y tu mamá?, me preguntaron incrédulos la maestra, la directora, el joven profesor de gimnasia que me llevó al hombro como una bolsa de papas hasta la secretaría para que me repusiera. Mi mamá está trabajando, mi mamá está cocinando para otra gente, les dije.
Por aquella época mi rutina matinal era sencilla: me levantaba un rato largo después de que mamá se fuera al trabajo (pero ella siempre me despertaba para despedirse con un beso) y desayunaba lo que me dejaba en el termo con galletitas o pan, después pasaba la mañana jugando y haciendo la tarea, ocasionalmente me abocaba a alguna faena hogareña, como barrer la pieza o lavar los platos, y al mediodía me recalentaba el guiso del día anterior, o me hacía unas hamburguesas, o me hervía unas salchichas, y después marchaba hacia la escuela.
Era un chico bastante sobreadaptado. Pero aquel día de festejo patrio algo en mí dijo basta. Sí, me desplomé porque mi mamá nunca estaba, es claro. También creo que estaba cansado de festejar en una patria que no era la mía.
Todo está relacionado. Llegamos a la Argentina, justamente, el 9 de julio de 1981: feriado conveniente a nuestras necesidades por la merma de gendarmes que implicaba. Mi mamá incluso había calculado el cruce de la frontera a la hora del almuerzo, una garantía extra de que el ojo vigilante estaría más desatento todavía. Llovía, había mucho viento, el río Paraguay estaba bien picado, y en aquel bote alquilado ella se aferraba al cuerpo de su hijo de un año y cuatro meses como si fuera un amuleto.

Recién en Clorinda, provincia de Formosa, llamó a sus parientes de Asunción para informarles de su huida. Dejaba un puesto de ventas en una importadora y un departamentito amueblado. No quiso que nadie se enterara antes de sus planes por miedo de que la disuadieran. Ya no podía compartir la ciudad con el fantasma amoroso de mi padre y sabía que él no le firmaría el permiso legal de mi salida. Así que se armó el bolso y se fue silbando bajito.

Ella suponía que su formación y experiencia en ventas le facilitarían un trabajo semejante al que tenía en Asunción. Pero nunca tuvo en cuenta el factor de los documentos. Cuando llegamos a Buenos Aires nos instalamos en lo de mi tía Sara, en Bella Vista. Mamá orientó sus primeras búsquedas hacia los trabajos que se ajustaban a su perfil anterior, y siempre tropezaba con el mismo problema: los benditos documentos.

Los días pasaban, el dinero del último sueldo disminuía, y entonces tuvo que recurrir al trabajo obvio al que muchas chicas recurrían cuando otra no quedaba. Empezó como empleada doméstica por horas y al tiempo consiguió otro empleo fijo del tipo cama adentro, en condiciones más favorables. Ese fue el momento de nuestra separación.

Por más amor que me rodease en lo de mi tía, nada nunca reemplaza la cercanía de una madre. Mi procesión, sin embargo, era por dentro. Durante la semana me portaba como un angelito. A mi tía le bastaba con sacarme el calzado y dejarme arriba de una silla para que no la interrumpiera en su quehacer diario de ama de casa y costurera.

Recién hacia el mediodía del sábado me volvía insoportablemente mañoso; y era que mi mamá ya estaba viniendo. La esperaba asomado al portón de la entrada con la mirada fija hacia el lado en que de un momento a otro aparecería doblando la esquina, desde la estación. Por fin la veía: ese puntito que tres o cuatro cuadras más tarde sería mi madre. Y cuando la abrazaba, ah… no hay modo de transmitir esa sensación de justicia, ese momento de reparación luego de toda una semana con el corazón puesto en suspenso.

La culpa de mamá se volvía caramelos, juguetes que venían de la Capital, miles de besos. Claro que toda esa intensidad se volvía negativa el domingo hacia la tardecita, cuando llegaba la hora de despedirnos nuevamente.

Muchas veces ella misma no podía con su angustia y se orquestaban ciertas distracciones entre toda la familia para camuflar su marcha sin que yo me diera cuenta. Por supuesto, el llanto histérico, una vez descubierto el engaño, se desataba; pero sin el objeto de mi capricho presente se diluía con más facilidad.

Al tiempo, consiguió otro trabajo adonde sí me pudo llevar y volvimos a vivir juntos. Así pasamos por la habitación de servicio de muchas casas a medida que cambiaba de laburo, hasta que fui muy grande para la buena voluntad de sus empleadores y se tuvo que conseguir una pieza de alquiler en una casa de familia. Yo tenía unos seis años y mi carácter facilitaba que me dejara solo durante la mañana. Ella volvía al mediodía, me daba el almuerzo y me llevaba a la escuela. Dos años después, más o menos, ya me preparaba la comida por mi cuenta y mamá tenía la oportunidad de ahorrarse ese viaje siempre tan difícil a mitad de la jornada. Además, por supuesto, me había aprendido las siete cuadras del recorrido. Entonces no la veía en todo el día, pero ni de cerca era lo mismo que esperar hasta el fin de semana.

Gracias a que los chicos pasan más tiempo, juegan más seguido, comparten más cosas con la empleada doméstica que con sus padres; ese resentimiento que fui cocinando a fuego lento contra la gente que me privaba de mi madre encontró eventualmente un cruel, injusto desquite. En secreto regocijo, aquel momento angustioso de nuestra primera separación lo vi después muchas veces replicado con los niños más chiquitos de las casas donde mi mamá trabajaba. Puedo jurar que en cada casa se jugó entera y a todos esos chicos los amó de corazón, pero las veces que entendió que algo no andaba bien, cuestiones de plata, de horarios, lo que fuera, ella como buena profesional no dudó en pegar el portazo; y supongo que en más de una ocasión le habrá dolido, pero no se demoraba mucho en la contemplación de su tendal de huerfanitos.

Ese grado de complicidad propio de una niñera full-time que mi mamá establecía con los chicos se gestaba en medio de su obligación principal: “fregar”; y tal era su empeño que, en general, no usaba guantes, porque le restaban sensibilidad y pericia. Así, desde que tengo memoria sus manos están todas rotas, percudidas por los químicos de los productos de limpieza.

Cuando finalmente se hizo el DNI, durante una amnistía a los indocumentados que se lanzó con la asunción de Alfonsín, no hubo forma de que la impresión de la huella de su pulgar quedara prolija. La tinta se le metía en los tajitos del dedo y en vez de una espiral elegante le quedó como significante de identidad un manchón de aristas filosas. Al día de hoy, en situaciones sociales ella esconde sus manos porque le dan vergüenza. Deberían avergonzarle las mías, que casi nunca batallaron con nada.

Un año antes de aquel famoso desmayo se realizó en mi curso el acto de promesa a la bandera. Yo suponía que participaría con el resto de mis compañeros, como en cualquier otro acto escolar, pero durante los ensayos la maestra me llevó a un aparte para contarme que dada mi condición de extranjero no podía prometer lealtad a la bandera argentina.

Recuerdo que recibí la noticia sin mayores sobresaltos, me parecía lógico. Pero cuando finalmente llegó el día y ahí en las gradas de los prometientes estaba mi compañero Ricardo Quispe, de nacionalidad boliviana, me estremecí en silencio.

No traté de entender qué había pasado, simplemente me sentí víctima de una estafa. Rechazado. No pensé que mi amigo Ricardo, como solía hacer mi mamá, tal vez se hubiera negado a seguir las disposiciones formales con el objeto de imponer su propio deseo. Sus ganas de participar.

Hay una fuerza xenófoba en todas las sociedades del mundo. Es un dato que recorre la historia. El problema aparece cuando uno la incorpora y le da una entidad personal. Alguna vez leí que es un fenómeno típico de las segundas generaciones de inmigrantes el hecho de ejercer una suerte de autodiscriminación, por no sentirse en pleno derecho parte de la comunidad local.

Si bien yo nací en Paraguay y no sólo soy un “hijo de”, vine de muy muy chiquito y creo que ese es mi caso. Yo me alimento, hablo, me visto, como un porteño promedio; pero muchas veces que la realidad me dio en qué apoyarme, muchas veces que fui víctima de un hecho discriminatorio (más o menos sutil, más o menos grave), opté de modo inconsciente por dejar la guardia baja y admití que me pegaran.

En el presente, cuando me preguntan cómo se me dio por este berretín de la literatura no sé bien qué responder. Pareciera haber un desajuste entre mi origen y una actividad más propia de otra clase u otras circunstancias. ¿Será realmente así? ¿O habrá en esa sospecha una mirada estigmatizante? Lo cierto es que podría parafrasear a Borges y decir que el margen es un lugar privilegiado para apropiarse de una cultura; y que alejado de los rigores institucionales del centro, con tanta libertad a mi disposición, me fue muy fácil dedicarme a escribir cuando quise. Pero, en definitiva, no sé bien qué responder. La literatura es un misterio en este mundo de certezas cotizables.

Así que tal vez ese desmayo fue un coletazo del episodio de la promesa malograda, y porque sentí que esta no era mi patria ni me quería. Creo ahora que confundía la idea de patria con un conjunto de emblemas abstractos, un orden rígido de instrucciones, una burocracia. Antes le daba excesiva importancia a esa ficción que solo sirve para separar y administrar. Hoy sé que mi patria son mis amigos.

Mi mamá, Teresa, me cuenta que recién en la casa de mi tía Sara se dio cuenta de lo que había hecho al venir tan de súbito a la Argentina. Lloraba y lloraba todo el día, tirada en el sillón del living, conmigo en brazos, mientras a nuestro alrededor mi tía, mi tío, mis primos, la consolaban con palabras tiernas. Eventualmente se compuso y siguió su vida; con escollos, pero sin ningún tipo de recelos mal encaminados. A mí las cosas me costaron un poco más. Incluso hoy, cuando me veo inmovilizado por las dificultades, a veces me olvido de que tengo a mano tan buen ejemplo a la hora de encontrar la salida. No pedir permiso es lo primero.

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