13 de mayo de 2012

¡Qué riqueza incomparable!

Ser mamá es saber de ternuras inmensas como el universo. Sea biológica, sea de la ciencia o sea del corazón, lo esencial es que el sentimiento siempre es el mismo: infinito amor.Por Nancy Duré Cáceres, ABC Color.
 “El mejor regalo de la vida”
Rustom Rehnfeldt Fernández se llama el hermoso niño que vino a alegrar la vida de Maia Fernández Zacur y Kurt Rehnfeldt. Nació el 19 de enero del 2012 y para Maia hablar de ese momento solo representa una emoción intensa e indescriptible. “¡Ay! No te puedo explicar siquiera lo que representa para mí, lo que siento, ¡lo que sentí el día que nació!”,
comenta a viva voz. “Lloré un montón cuando le pusieron sobre mi pecho, cuando le cortaron el cordón umbilical, sus ojitos abiertos, fue un momento de mucha exaltación tanto para Kurt como para mí. Él estuvo presente durante el parto, no se despegó de su hijo en ningún momento. Nos sentimos bendecidos con Rustom y esperamos ser los mejores padres para él”, añade.
Recuerda que como padres primerizos no sabían cómo actuar. “Realmente no sabía qué hacer... Cuando me dieron el alta recuerdo que le dije a la enfermera que le bañe, que le dé la leche, estaba como atontada, no sabía ni para dónde ir”, señala riendo. Por suerte estaba la abuela materna, Beatriz, para “salvar la situación”. “Ella es un poco mamá de Rustom también y nuestra, por supuesto. Nos asiste, está muy presente en nuestras vidas”, revela.
Maia no duda en afirmar que es lo mejor que le pasó en la vida. “Vamos estableciendo vínculos y es hermosa la conexión que se va dando día a día. Rustom es nuestro mayor tesoro. Ser madre es la mayor bendición, es una tarea hermosa en la que voy a esmerarme en tener las mejores calificaciones en su educación, en su formación, para que pueda ser feliz en la vida”.
Mamá del corazón
Lucía siempre quiso ser madre, pero por circunstancias de la vida esa ilusión no pudo concretarse. A los 31 años quedó embarazada, pero la gestación no avanzó. Luego de esta experiencia recurrió a la inseminación artificial, los resultados fueron los mismos, así que no dudó en dar todo ese amor contenido en una personita que lo iba a aprovechar ¡y de qué manera! “A veces pasa que la naturaleza no nos da aquello que deseamos... A lo mío se sumó una enfermedad oncológica que diluyó cualquier esperanza de ser madre biológica. Pero eso no me impidió seguir luchando hasta concretar mi anhelo de ser madre”, expresa muy segura y emocionadaLucía Velázquez.
En ese devenir llegó a su vida Ian, un hermoso niño de dos años. “El amor fue a primera vista, hubo conexión y sentí que él era el hijo que tanto esperaba”.Lucía recuerda que ese primer encuentro fue mágico, aunque los primeros días de adaptación fueron un poco difíciles, pero nada que no pueda superarse con amor. “Tengo que admitir que los primeros días fueron de llanto, que se calmaron con mucho cariño y paciencia. Puse pasión y esmero por lograr conquistar absolutamente su atención y afecto. En poco tiempo nos volvimos ‘compinches’ y no nos despegamos cuando mi horario de trabajo me permite”.
En madre e hijo, los sentimientos fueron aflorando sin pausas y con firmeza. “Hoy puedo decir que nuestra relación es especial y es MI HIJO con todas las letras y lo amo con todo el amor que toda madre puede dar o sentir. Soy mamá del corazón, pero no hay diferencia alguna cuando el sentimiento es genuino. Le doy gracias a Dios que me haya bendecido con este hijo. Ian Valdir es un niño dulce, alegre, divertido, amoroso; llenó de alegría mi vida. Siento una inmensa felicidad por tenerlo en mi vida... Solo puedo agregar que ser madre es mágico”.
Madres de la ciencia
“Mayra y Kyara fueron concebidas por un procedimiento denominado de alta complejidad en materia de técnicas de reproducción asistida. El procedimiento, que en ese momento no era nuevo en el país, porque ya habían nacido varios niños concebidos con la técnica in vitro, pero sí era algo que pensábamos que no era aplicable a nosotros”, recuerda Diana Lesme sobre su búsqueda de la maternidad.
Cuando se percataron, luego de varios exámenes de chequeo, que no tenían muchas posibilidades de ser padres de manera natural, comenzaron a investigar y buscar información. Después de un año y medio de tratamiento, finalmente ¡llegaron las primeras mellizas nacidas por fertilización in vitro! “El día anterior al nacimiento de ellas nació la primera parejita (varón y niña) de mellizos in vitro. Por motivos que tienen su explicación científica, que yo no sé dártela, todos los concebidos vía este método hasta ese momento habían sido varones, mellizos, trillizos, pero varones”, cuenta orgullosa y sonriente. “Siempre dijimos que son hijas del deseo y del amor –continúa relatando– porque fueron muy buscadas y amadas desde antes que nacieran, no solamente por nosotros, sus padres, sino por todo el contexto familiar y allegados a nosotros. Recuerdo que lloré muchísimo durante todo el parto, porque estaba demasiado emocionada, y no podía creer que finalmente íbamos a encontrarnos con ese par de tesoritos que tanto habíamos esperado y cuidado. Su nacimiento fue una fiesta familiar, para ambas familias; mucha gente nos ayudó, porque todo el proceso de concebirlas fue algo tenso, con hipercuidados médicos. Ser mamá es el regalo más hermoso que Dios, la vida y la ciencia me han dado. Han cambiado totalmente nuestras vidas”.
De esta feliz experiencia hace ya 15 años. “Nuestra vida cotidiana es como la de muchas madres con hijas adolescentes… Nos queremos y respetamos mucho, pero también tenemos nuestros momentos de desencuentros y discusiones. Ellas son muy fuertes, han sabido adaptarse a los cambios familiares. La relación es muy placentera, somos compañeras, siento que me valoran, me quieren, están allí para lo que necesite. Ellas también saben que cuentan conmigo y con su padre (Walter Saldívar) incondicionalmente”.
“Me llenó la vida y el alma”
“Cuando recibimos la noticia nos llenó la vida y el alma, pero también fue una noticia que llevó mucha responsabilidad, compromiso e incertidumbre por momentos, ya que en nuestro caso ¡se venían tres a la vez! Y bueno, eso te mueve un poco todo lo que tenías planeado para empezar”, exclama María Paz Graner, Pachita para sus allegados. Fueron siete meses de embarazo sin complicación alguna, hasta que el 13 de noviembre del 2010 nacieron: Inés, Benjamín y Sofía, “tres ángeles que están con nosotros y nos acompañan día a día”.
Los primeros meses, como padres primerizos, “tuvimos que poner mucha cabeza, tener todo lo más organizado posible y, por momentos, mantener la calma, ya que había días en que parecía un caos”, expresa riendo. Sin duda, los cambios que experimentó fueron grandes. “Mi vida ya no fue la misma, tener tres personas que dependen 100 % de una te transforma totalmente. Con mi esposo (Héctor Martínez) vamos aprendiendo y cumpliendo nuestro rol de la mejor manera posible. Gracias a Dios, siempre tuvimos mucha ayuda de la familia y de personas que con mucho cariño nos iban enseñando, algo fundamental para que nosotros como papás estemos bien para poder cuidarlos mejor”.
María Paz agradece a Dios, todos los días, por el regalo más maravilloso que le dio: ser mamá. “Es una sensación, es una ternura que cala desde lo más profundo de mi ser, una sensación única e incomparable y espero que Dios me regale muchos años de vida para poder aprovecharlos al máximo”. Espera también poder decir, el día de mañana, que fue una gran madre, capaz de darles todo el amor del mundo, una buena educación, valores y crecimiento espiritual para que puedan ser hombres y mujeres de ley, y que disfruten de ¡la vida, que es tan linda!

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