30 de julio de 2012

La AMISTAD: ofrenda del Paraguay al mundo

Si el inicio del siglo XX conoció de revulsivas expresiones de cambio en las sociedades, aquellas traían en sus pliegues, sueños y esperanzas de un mundo mejor. Por Jorge Rubiani.
El Mundo
Al observar el paisaje social que nos dejaran las dos últimas centurias, vemos sin embargo que la humanidad registró durante ambas, una perturbadora saga de acontecimientos que la retrajeron hacia la hostilidad, violencia e intolerancia de tiempos primitivos. Lejos de los anhelos de “libertad, igualdad y fraternidad” consagrados en las postrimerías del siglo XVIII, guerras y revueltas se reavivarían en la medida que se iban definiendo las fronteras de los Estados nacionales y emergieran —uno tras otro— intereses comerciales, ideológicos y hasta culturales diferentes y contrapuestos. Los que, desde luego, no tenían nada que ver con los conceptos augurados en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre.

Pero la grandeza del ser humano ha radicado, a lo largo de su estancia en el planeta, en su gregaria vocación de hermandad y comunicación con sus congéneres. Aun a pesar de las carencias de los inicios del tránsito del hombre sobre la tierra, de los gobiernos despóticos y crueles que se enseñorearon posteriormente sobre las sociedades, de las congregaciones separatistas y cofradías de fundamentos radicales que intentaron regir el comportamiento humano, la convivencia se ha desarrollado superando las expresiones ofensivas, discriminatorias o racistas. Aun en las comunidades más aisladas y alejadas del progreso material, el hombre ha intentado —siempre— apegarse a la indispensable consideración hacia el otro, convencido de que es imposible negar la humanidad de algún eventual interlocutor y de ningún adversario, a pesar de las diferencias que nos separen o distingan de unos y otros.
El Paraguay
Es un país físicamente pequeño en el centro de la América del Sur. Sus habitantes, los paraguayos, somos hijos del genocidio, de un obligado mestizaje y la perturbadora acción de muchos déspotas, desde tiempos aún anteriores a nuestra Independencia de la monarquía española, en 1811. Las desgracias se han encostrado en nuestra piel, están diluidas en nuestras venas y matizan las costumbres y hábitos sociales del pueblo. Hemos sufrido la colonización en tiempos en que el género humano revistó en la profunda y grave contradicción entre las proclamadas virtudes religiosas y el ausente ejercicio de sus preceptos. Son los muñones de la “cultura europea” que nos “civilizó” y los defectos que heredamos de quienes nos explotaron y esclavizaron sin educarnos, además de impregnarnos de las miserias que ellos mismos padecieron en siglos de sangre, sudor y vergüenza.
El pasado
Pero sin negar o enaltecer ese oscuro pasado de brutalidades, dictaduras, esclavitud y guerras fratricidas, los paraguayos también somos titulares de dignidad y de grandeza. Y también, dueños de una tierra que recibió con su nombre autóctono a las primeras huestes europeas que arribaron a nuestras costas: Paraguay, agua de la corona de plumas, el mismo que denominó al nuevo Estado nacional emergente en 1811 y que albergó a su población, heredera esta de la cultura original en la que el idioma guaraní, su componente más visible, contiene definiciones conceptuales que colocaban a nuestros ancestros entre las naciones más adelantadas de América.
Uno de los rasgos más reconocidos de aquella cultura era la elocuencia, y quienes se postulaban como jefes, chamanes o caciques de su pueblo debían ejercerla obligatoria e inexorablemente. De tal forma que, en los usos cotidianos de dichas colectividades, la palabra se constituía en un valor apreciado y supremo. En los que vocablos como “che irû” (mi compañero), “che ra’a” (mi igual, mi semejante) adquirían una notable significación.
De aquellos ancestros, los paraguayos heredamos una decidida vocación para la amistad y la amable predisposición hacia el extranjero, gestos que se traducen en la proverbial hospitalidad de nuestro pueblo.
El Pueblo y el hombre
Hace mas de cincuenta años, en un remoto paraje del Paraguay profundo, Puerto Pinasco, un médico de nombre RAMÓN ARTEMIO BRACHO fundaba la Cruzada Mundial de la Amistad, con el intento de regalar al mundo un producto interno de valor espiritual que el Paraguay derrocha constantemente: la AMISTAD. En efecto, el 20 de junio de 1958, este compatriota se rebeló contra el determinismo de una exclusiva labor de médico rural, para volcar su voluntad y conocimientos, no solo en beneficio de la salud del prójimo, sino a la pretensión de llegar a los sentimientos y a las almas de la gente. No solo a los de su pueblo, no solo a los de su nación, sino al mundo entero. En la saludable ambición de que el remedio de la amistad fuera eficaz ante el aluvión de indiferencia, distensión, mediocridad, ausencia de responsabilidad social y colectiva que asolaban a la humanidad en ese momento. Y todavía lo hacen hasta la fecha.
El Dr. Bracho se disponía entonces a realizar una cruzada en beneficio de concedernos —a todos— la posibilidad de atisbar un mundo de mejores posibilidades para la convivencia, la comunicación y el respeto entre todos los seres humanos.
No animó a este insigne médico compatriota, ningún interés ajeno a esta misión: ni prestigio, ni dinero, compensación o reconocimiento. Ninguno que no fuera el simple pero tenaz deseo de sumar adeptos para su causa. De abrir su corazón y brazos para admitir en su seno a todos los que se adhirieran a la idea, y profesaran —de paso— esa paraguaya disposición a la amistad, como para acceder a los incalculables beneficios de la convivencia.
La pasión por este esfuerzo ha consumido más de cincuenta años de la vida del Dr. Bracho, pero este hombre sigue pretendiendo —con increíble afán— que el mundo conozca lo que ya es realidad en nuestro país. Donde cada 30 de julio, el sentimiento resuena con una fuerza increíble en todos los rincones del territorio nacional. Gesto al que se suman los medios periodísticos y las instituciones públicas y privadas del país. Día en que las tiendas y shoppings se ven inundados de ciudadanos buscando regalos para el amigo o la amiga. En el que las escuelas y colegios se inundan de gestos y palabras amistosas para todos. Días en los que —por desgracia, en este caso— no podemos encontrar un sitio donde brindar o hacer una merienda entre amigos, porque los bares y restaurantes están atiborrados de gente saludando la amistad o reuniéndose en almuerzos o meriendas en los que se fortalecen los sentimientos amistosos.
Conclusión
El destino de la humanidad está indisolublemente ligado al de todos los pueblos. Aun al de los más pequeños y aparentemente desvalidos. Ninguna nación será completamente libre ni próspera sin la libertad y la prosperidad de las otras. Y ninguna es completamente autónoma ni autosuficiente para prescindir de las demás. Reconozcamos que existen naciones más poderosas por sus recursos económicos o militares; o porque cuentan con riquezas naturales o territorios extendidos. Pero nosotros los paraguayos rechazamos la idea de que la importancia de los otros nos prive de nuestro propio valor. Que no merezcamos respeto y consideración por nuestros aportes a la humanidad, de ahora como de antaño. Que no recibamos la gratitud del resto de América por el aporte que hiciéramos a la libertad de todo el continente. Por el aporte a su integridad, a su ciencia y a su cultura.
Y si los demás lo olvidan, siempre habrá personas, seres humanos de alta calidad moral como el Dr. Artemio Bracho que ofrecerán —por todos nosotros— una lección al mundo.
Y será justicia que el mundo le reconozca su aporte y haga suyo su anhelo. Consagrando cada 30 de julio, como DÍA DE LA AMISTAD en todo el mundo y a Asunción del Paraguay como la CAPITAL MUNDIAL DE LA AMISTAD. 

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