25 de noviembre de 2012

Manos de artesana

Hace cuatro años Rogelia Romero descubrió su talento innato; hoy, sus artesanías enorgullecen a Areguá. Docente durante 15 años, dejó el magisterio para volcarse a crear con arcilla. Sus pesebres y ángeles, vasijas y silbatos rompieron la monotonía de las propuestas en serie, y recuperaron ese aire autóctono que seduce al visitante. Por Lourdes Peralta, ABC Color.

Nació en Villeta, un 31 de agosto. Tenía 10 años cuando sus padres –siempre de un pueblo a otro buscando mejores empleos– decidieron dejarla a cargo de un familiar para que fuera a la escuela en Areguá. En Ypacaraí culminó el profesorado superior de Educación Primaria y más tarde, en Asunción, el de Educación Física. Un tiempo después, comenzó Psicopedagogía, pero no concluyó. Hábil desde niña en el dibujo, pintaba cerámicas y creaba los afiches para el colegio.
Cuenta que le gustaba hacer caricaturas de las personas, “pero llegué a tener problemas graves; no siempre a la gente le caía bien verse de esa manera”. En 1977 se casó con Gilberto Hermosilla. “Un día decidí dejar la enseñanza y armé una alfarería debajo de un mango. Trabajé 13 años, formé mi taller, le di trabajo a mucha gente”, dice, y aclara que volvió a enseñar más tarde hasta jubilarse. Nunca había tocado el barro, solo pintaba. Hace cuatro años, en una reunión de la Asociación de Artesanos Aregüeños (AAA) se les pidió a sus integrantes abandonar lo desarrollado en matrices y animarse a elaborar cosas a mano. “Se me ocurrió participar en la feria, así que puse manos a la obra de inmediato –porque quedaba poco tiempo–. Jugando con el barro, me salió una estatuilla que se parecía a un ayoreo; hice más. Después armé un pesebre, con animalitos incluidos”.
Sin duda, un lindo pesebre que dejaba atrás lo comercial. (Sonríe) Fui a la feria con mis propios productos, arreglé muy bien mi mesa. Otros artesanos se acercaron a mirar lo que yo había hecho. De pronto, uno de ellos gritó: “¡Vengan a ver esto! ¡Es muy feo, da vergüenza!”. Y me recomendó que los colocara debajo de la mesa; algunos me dijeron que no hiciera caso, pero me sentí muy mal y los oculté. Llené la mesa con floreros y planteras.
Una situación muy incómoda… Había viento ese día. De tanto en tanto, volaba el mantel de mi mesa, era largo hasta el suelo y tapaba a medias las estatuillas que escondí. De repente, llegó un extranjero y las vio; me contó, señalando con el dedo, que era justo lo que andaba buscando. Le armé un pesebre y me pagó más de lo que le pedí. Me prometió que volvería al siguiente año y me sugirió que no dejara ese estilo de pesebres. Después de eso, enseguida vendí los otros cinco juegos que tenía.
¿Cómo se sintió al lograr algo original? Fue muy divertido trabajar con las manos y ver salir indiecitos tan graciosos, algunos se parecían a mis hijas, a mí, a algún vecino. Realmente, los primeros eran feos, pero de tan feos eran atractivos. Era verdad que debía mejorar. Por eso, luego realicé excursiones al Chaco para observar los rasgos de los nativos, sus usos y costumbres.
¿Qué actitud cree que demuestra la gente frente al pesebre artesanal? Estos pesebres ganan espacio de a poco. La gente con cultura que sabe del sacrificio del artesano aprecia más y compra. Esta valoración prevalece más en Asunción que en el interior del país. La mejor época de venta es la Navidad.
Cuéntenos cómo vive un día laboral. Me levanto a las 5 de la mañana y por lo general no me acuesto hasta las 9 de la noche, después de ver el noticiero. Alternando los tiempos, hago todas las cosas de la casa (algunas no me gustan); a veces, esto me lleva a perder un poco el ritmo de mi tarea artesanal.
¿Cuáles son las necesidades más urgentes de los artesanos? Una de las prioridades es la asistencia técnica y social; el Gobierno apoya, pero no cubre las necesidades. El Estado debería involucrarse más con nosotros, porque atraemos turistas y es ganancia para el país. Areguá, siendo un lugar muy turístico, no cuenta con suficientes actividades como ferias, talleres, exposiciones.
¿Asociarse con otros artesanos tiene peso? Muchos no están asociados, trabajan por su cuenta; pero el trabajo cooperativo beneficia a todos.
¿A quién admira como artista? A Ysanne Gayet; ella vino a nuestro país y se comprometió con esta actividad de por vida. Durante muchos años se esforzó para abrir la galería que dirige y así ofrecernos una oportunidad. Además, respeto mucho a Ricardo Pérez (artesano español, llegado a Areguá a finales del siglo XIX, considerado el padre de la alfarería aregüeña), a quien agradezco sus enseñanzas. También admiro a mis compañeros por su solidaridad.
¿Mantiene contacto con artesanos de otros países? ¿Se sirve de internet? Sí, acostumbro comunicarme con quienes me capacité, siempre me preguntan qué estamos haciendo. Aprendí mucho con ellos. Mis hijas manejan mejor que yo internet y me muestran diversos objetos de artesanía. Aún no uso la red para promover mi arte; probablemente dentro de poco lo haga.
¿Cuál es el verdadero y justo precio de su obra? El que cubra el tiempo y el trabajo, la materia prima, la cocción. Creo que cobro lo justo. El público me alienta, me dice que lo que hago es muy lindo y que no tengo competencia.
¿Su esposo trabaja con usted? Él también es artesano, investiga la materia prima y hace objetos en torno, una actividad muy diferente a la mía. Me ayuda a elaborar la pasta que utilizo y en la cocción. Esta labor nos une mucho como pareja y familia; tenemos tres hijas: Mariela, Melisa y Fátima.
¿Qué quedó de su época de docente? Un gran aprendizaje de relacionamiento con los demás.
Para la alfarería, ¿cuánto cuenta la teoría? Aprendí muy poco de lo teórico, lo que queda más en los artesanos es la práctica.
¿La mujer le da un toque diferente a este rubro? Existen tareas pesadas en esta área que una mujer no puede efectuar. Pero aportamos otras cosas; yo soy gentil, amable, introvertida, y aprecio a la gente y escucho sus opiniones.
¿Qué otro lugar del mundo sería como Areguá? Solo conozco parte de Argentina y Brasil. Me encanta mi ciudad, me gusta el aire fresco, no paso un solo día sin observar el lago; el paisaje cambia con el clima, es muy hermoso. Me fascina la naturaleza de mi país, noto que existe tanto por hacer y no aprovechamos por desconocimiento. Contamos con mucha riqueza por explotar; por ejemplo, en el Chaco toda la tierra es arcilla que podría utilizarse para cerámica (ladrillos, tejas, alfarería), pero la gente no sabe cómo dar el tratamiento adecuado a esta materia prima.
¿Qué siente física y/o espiritualmente cuando trabaja con la arcilla? Cuando hundo mis manos en el barro, me embarga la tranquilidad, paz y deseos de crear. Si amanezco un poco enferma, me alivia los dolores, me sana. En mis observaciones a los indígenas, aprendí a desarrollar mi creatividad, a cuidar mi salud, porque la medicina natural que ellos practican es más efectiva; también me enseñaron a elaborar platos nutritivos y naturales.
Se siente una nueva persona. Por completo. Este arte me permitió conocer culturas e intercambiar ideas, tomar cursos específicos. Hizo nacer en mí un deseo enorme de ayudar; por ejemplo, a los niños especiales, que muy bien pueden mejorar su capacidad de aprendizaje y su comportamiento con la arcilla. De hecho, hay gente que lo aplica y funciona.
¿Qué le pedirá a Dios en esta Navidad? Que me dé fuerzas y salud para seguir creando; que me brinde la posibilidad para enseñar a otros para que este oficio no se extinga. Siempre agradeceré a Dios por haber despertado en mí este arte tan maravilloso.
Rogelia asegura que todos tenemos algún talento, solo que carecemos de una oportunidad para explotarlo; sería bueno que se guíe, se ayude desde la escuela.
Abriendo espacio
Rogelia nunca asistió a cursos de capacitación; fue perfeccionándose con los maestros César Juárez y Carolina Noguera, “y una profesora argentina, se llama Elena”, indica. De cada uno tomó algo que dio pie a su estilo. Sus productos fueron expuestos en ferias nacionales e internacionales, en los shoppings Multiplaza, Del Sol, Mariscal López Shopping. También llegaron a la calle Palma, al local del Ferrocarril, en Artesano Róga y frente a la Catedral de Asunción. En el interior, en Ypacaraí, en Canendiyú, en la Casona de Areguá y todos los años en la feria navideña de la avenida principal. Con satisfacción comenta que participa en el Centro Cultural del Lago. Además revela que tomó cursos de administración de miniempresa, “algo que tanta falta les hace a los alfareros para aprender a administrarse en tiempos de crisis”.
Fuente: Abc color.

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