3 de diciembre de 2012

Caacupé. La gran cita anual

La veneración católica de la Virgen María bajo la advocación de Inmaculada Concepción de María es de larga data. Tiene alrededor de un milenio, cuando fue instituida por san Ildefonso, arzobispo de Toledo, España. En el Paraguay, su culto arranca en los años coloniales.Por Luis Verón, ABC Color.

 Fue el papa Alejandro VII quien, al tiempo de concederle el título de “Nuestra Señora”, reconoció la advocación de la Inmaculada Concepción de María, que tuvo como uno de sus fervientes devotos al rey español Felipe IV. Este ordenó su veneración en todo su reino, provincias y colonias. De esa época data su presencia en el culto religioso paraguayo. Carlos III, también gran devoto de la Inmaculada Concepción de María, la declaró como patrona principal de España y América. Justamente durante su reinado se originó la ciudad de Caacupé, presidida por una pequeña y rubia imagen de la Virgen Purísima.

Patrona de un pueblo
La iglesia matriz del Paraguay era la catedral asunceña, la más antigua de la región. Cuando los pobladores asunceños se diseminaron tierra adentro, fueron levantando capillas y oratorios. Con el tiempo, estos fueron jerarquizándose como viceparroquias y luego como parroquias, dando lugar al surgimiento de nuevas capillas o viceparroquias, conformando la diócesis paraguaya. Esta, a su vez, en la tercera década del siglo pasado, se fragmentó en una arquidiócesis y dos primeras diócesis, a las que siguieron otras.
A mediados del siglo XVIII, surgió en la región cordillerana la parroquia de Piribebuy, para auxilio religioso de los comarcanos. Existían otras iglesias en la región, como las de Altos, Atyrá y Tobatí, pero eran pueblos de indios, y cada oficio religioso era oportunidad de no pocos conflictos por nimiedades y quisquillosidades, como la utilización de asientos, pues los paraguayos consideraban que debían tener preeminencia sobre los derechos de los indígenas de esos pueblos.
Para solucionar esas cuestiones “sociales”, se optó por la creación de parroquias o viceparroquias exclusivas para criollos. Así se originó la de Caacupé, como viceparroquia de Piribebuy. Para el establecimiento de la viceparroquia caacupeña, que se hizo por petición del teniente cura de Piribebuy, padre Andrés Salinas, se presentó una solicitud al Cabildo episcopal, que administraba la diócesis paraguaya ante la ausencia del obispo.
El 1 de septiembre de 1769, el Cabildo eclesiástico asunceño aceptó la erección de un oratorio y otorgó a Salinas su título de teniente cura de dicha capilla. El 9 de octubre de 1769, previo inventario de sus pertenencias y joyas, tuvo lugar la entrega de una imagen de la Inmaculada Concepción de María y su ajuar a los pobladores de Caacupé. El padre Roque Melgarejo, teniente cura del cercano pueblo de Tobatí, donó a los pobladores de Caacupé la imagen de la Inmaculada Concepción que había heredado de su tío, el también clérigo Juan González Melgarejo.
El dueño de la imagen declaró en aquella ocasión que “hacía gracia y donación a los habitantes del valle de Caacupé de la referida imagen de la Concepción de los Milagros, para hacerles bien y buena obra...”. La rubia imagen fue trasladada al paraje donde hasta ahora preside la profunda religiosidad mariana paraguaya.
Al día siguiente, el 10 de octubre de 1769, en sencillo pero solemne acto, fue concedida la licencia que erigía una viceparroquia en el valle de Caacupé, cuyos pobladores decidieron levantar una capilla en el sitio cedido por los lugareños Juan José Aquino y Juana Curtido. Los otros vecinos se comprometieron a levantar casas alrededor del sitio mencionado, en torno a la capilla, y una escuela para los niños.
Aquella primitiva capilla fue techada cuatro meses después. Anónimas manos grabaron en la viga una fecha: el 4 de abril de 1770, que tiempo después fue tomada como fecha fundacional de la ciudad.
Testigo de importantes hechos
De esa manera, nació Caacupé, una ciudad que con el correr de los años se convirtió en la capital espiritual del país y que, a lo largo de sus 243 años de existencia, conoció de muchos acontecimientos que jalonan su historia: como cuna de héroes, vio nacer a prohombres como los Cabañas, el teniente José María Fariña y el coronel Gaudioso Núñez; fue asiento de un arsenal durante la Guerra de la Triple Alianza, y escenario de la destrucción de parte de la memoria histórica del país, con la quema parcial del Archivo Nacional; en 1874, fue foco de la revolución armada del general Germán Serrano, estallada un 8 de diciembre, día de la festividad de la Virgen patrona.
En 1940, el mismo día del fallecimiento de José Félix Estigarribia, llegó a la villa serrana la flamante Ruta II, facilitando la llegada hasta allí de las familias asunceñas para sus largos veraneos en tan verde y majestuoso entorno; 14 años después, alborozados, los habitantes de la ciudad fueron testigos de la coronación pontificia de la imagen serrana y, en 1960, con no menos alborozo y júbilo, se vio convertida en sede de una prelatura, elevada a diócesis seis años después...
Los colores de la Virgen
En el Archivo Nacional de Asunción existe documentación que da cuenta de que hasta poco después de la Guerra de la Triple Alianza, la indumentaria de la imagen era colorada. El color rojo es el color por excelencia. Es el color de la sangre. Es el color llamativo por excelencia. Lógicamente, era el color con el que debía ser vestida la pequeña imagen.
Pero cuando, a mediados del siglo XIX, fue establecido el dogma de la Inmaculada Concepción, la iconografía de la Virgen –por obra de los artistas de la época– cambió de color y empezó a ser representada vestida de azul o celeste. La imagen, que había sobrevivido el conflicto internacional de la Triple Alianza, fue centro de un pintoresco episodio en 1874, cuando estalló en la ciudad la revolución dirigida por el general Germán Serrano. Hasta entonces, la imagen de la Virgen de Caacupé estaba vestida con indumentaria colorada. Ese día, en la procesión, estrenaba su vestimenta azul, pero esto no fue del agrado de todos. Se cuenta que don Matías Goiburú, personaje de la época, furioso por ese inopinado cambio, sacó su cuchillo y, a punta de filo y contrafilo, le arrebató el flamante ropaje y ordenó que se le pusiera el acostumbrado hasta entonces. Algunos años después, don Matías murió en la represión que siguió al magnicidio del presidente Gill y suponemos que después la imagen habrá lucido –sin contratiempos– su vestido y capa azules.
En ayuda de sus hijos en guerra
Otros acontecimientos relevantes ocurrieron también el 8 de diciembre, durante la Guerra del Chaco, en que se dieron importantes situaciones en las que los devotos vieron la mano de la Virgen serrana. Efectivamente, en 1933, el 8 de diciembre, durante la batalla de Campo Vía, fuerzas paraguayas habían retomado el puesto Charata, cerca de Alihuatá. Al día siguiente, en el camino Zenteno-Gondra, el regimiento “General San Martín” capturó dos tanques de guerra bolivianos y caía en manos paraguayas el fortín boliviano Alihuatá. Pero la mayor hazaña, que los devotos de la Virgen consideran uno de sus mayores milagros, fue la rendición, el 11 de diciembre de 1933, de nada menos que dos divisiones bolivianas, luego de 50 días de lucha, culminando la batalla de Campo Vía. El resultado de esa rendición boliviana fue la captura de 250 jefes y oficiales, 8000 soldados, 24 cañones, 60 morteros, 1000 ametralladoras, 11.000 fusiles, 80 camiones y millones de cartuchos, que pasaron a engrosar los recursos del Ejército paraguayo porque, curiosamente, ambos ejércitos utilizaban municiones del mismo calibre.
El otro gran milagro ocurrió un año después, el 8 de diciembre de 1934, cuando las fuerzas de la VIII División de Infantería, al mando del coronel Eugenio Alejandrino Garay, retomaron los pozos de Yrendagüé, de vital importancia para la sobrevivencia de sus hombres y de fatales consecuencias para los bolivianos, que tuvieron que abandonarlos presionados por la arremetida paraguaya. En su avance hacia Yrendagüé, el 7 de diciembre, el coronel Garay había anunciado radiográficamente al comandante del cuerpo, coronel Rafael Franco, la dificultad de avanzar por problemas de abastecimiento.
Pero Franco le ordenó que siguiera inmediatamente en busca del objetivo hasta donde llegarían y “si Dios quiere, Ud. y su tropa beberán suficientemente…”.
Ante esta orden, el viejo coronel comentó: “Péina ko añamemby oñoentendéma Ñandejárandive… Jaha katu aipórõ… Ikatu niko cierto la he’íva”. Y fue cierto nomás.
En las primeras horas del 8 de diciembre de 1934, los pozos de Yrendagüé volvían a manos paraguayas. Miles de bolivianos, en su retirada, siguiendo el “camino de la desesperación” en los “campos de la desolación”, caían fulminados por la insolación y la sed. El resultado de aquella trágica retirada fue 4000 bolivianos muertos y más de 3000 en grave estado de deshidratación, socorridos por los paraguayos.
A raíz de aquellos hechos, la fama de la Virgen creció desmesuradamente, hasta llegar a ser el apoteósico fenómeno social que es actualmente. Don León Fragnaud, el recordado “pocero del Chaco”, para testimoniar su fe en la milagrosa imagen serrana, había mandado hacer una réplica a escala de la Cruz del Chaco, la máxima condecoración otorgada por el Paraguay a los que defendieron el territorio chaqueño.
Su sueño de siempre fue ver en el pecho de la Virgen de Caacupé esa condecoración. ¿Alguna vez será?
El original dueño de la imagen
La simpática imagen de la Virgen de Caacupé es una estatua de origen europeo, propiedad del religioso Juan González Melgarejo, que en algún momento fue deán de la catedral de Asunción. González Melgarejo fue un ferviente partidario de los jesuitas y contrario de los comuneros en los tumultuosos años del siglo XVIII. Donó a la orden jesuita sus propiedades de la zona de Limpio y Luque.
En 1744, fue designado obispo de Chile y dejó la imagen al cuidado de su sobrino y párroco del pueblo de Tobatí, donde se la veneraba. El 9 de octubre de 1769, el presbítero Juan Melgarejo donó la imagen a los pobladores de los valles de Caacupé, para presidir la viceparroquia, instalada el 10 de octubre de 1769.
Caacupé y su santuario
Con motivo de la próxima instalación de la viceparroquia, en la noche del 9 de octubre de 1769, el presbítero Roque Melgarejo, cura de Tobatí, donó “a los habitantes del Valle de Caacupé la imagen de la Concepción de los Milagros...”. Dos pobladores del mencionado valle, doña Juana Curtido de Gracia y don Juan José Aquino, cedieron el terreno donde se edificó, en 1770, una capilla que posteriormente fue refaccionada y ampliada en 1846. Si bien los pobladores de la zona prometieron construir sus viviendas alrededor del terreno donado, recién a principios del siglo XIX, el pueblo fue tomando forma.
Al finalizar la Guerra contra la Triple Alianza, el país quedó en un estado de desolación material y espiritual tal que los desahuciados sobrevivientes necesitaban un respaldo espiritual para poder superar las consecuencias morales de la guerra. Un sobreviviente y protagonista de sucesos extremos durante la misma, el padre Fidel Maíz, interpretó esa necesidad espiritual e inició una campaña de difusión del culto a la modesta imagen serrana. En 1883, editó un librito titulado La Virgen de los Milagros de Caacupé.
La campaña del padre Maíz, en sus principios, fue muy resistida, tanto por parte de los “librepensadores” y los masones, como por algunos curas, religiosos conservadores y no pocos creyentes fanáticos. Algunos años después, el obispo Juan Sinforiano Bogarín encargó a Maíz y al padre Hermenegildo Roa la realización de una “Reseña histórica de la Iglesia paraguaya”. En este trabajo, sus autores admiten que como todos los países tenían su “virgen milagrosa” con un santuario objeto de su devoción, “el Paraguay promovió la de Caacupé”.
El primer milagro testimoniado fue el del cura párroco de Caacupé, José Natalicio Rojas, quien se curó de una enfermedad que los propios médicos consideraron incurable. En el año 1852, en una noche de tormenta, un rayo destruyó el techo del santuario; los cortinados resultaron quemados y reducidos a cenizas, y la Virgencita recibió también el impacto: quedaron deteriorados uno de los dedos de la mano y la pintura del rostro. Fue restaurada en 1855 por el pintor Manuel Marecos.
La primitiva iglesia fue ampliada tres veces; la última ampliación fue la de 1856. En 1883 se edificó el penúltimo templo, cuya fachada fue dirigida hacia el S.O. En la década de 1930, se decidió la construcción de una basílica y se encargó el diseño al arquitecto Miguel Ángel Alfaro. Hacia la década de 1970, se replanteó el proyecto original, se redujeron las medidas y es el edificio que hoy conocemos, con su fachada dirigida hacia el sentido contrario de la vieja iglesia. 

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