10 de febrero de 2013

Relato del más grande naufragio en Paraguay


Hoy domingo se cumplen 35 años del hundimiento del Myriam Adela. Vida, del Diario Ultima Hora reflota la crónica del hecho que cobró numerosas víctimas y acerca testimonios actuales de protagonistas de aquel momento. Por Carlos Elbo Morales*

El 10 de febrero de 1978 se produjo el peor desastre fluvial que recuerda la historia del Paraguay, cuando en las aguas del río Paraguay un remolino volteó boca a abajo el barco Myriam Adela y dejó un saldo de 113 muertos. 47 personas lograron sobrevivir.
Jueves 9 de febrero de 1978. El sol calentaba como nunca a las 7.00 de la mañana. El buque de carga y pasajeros Myriam Adela iniciaba un nuevo recorrido rumbo al Norte del país. Como en cada trayecto, saldría de Asunción e iría tocando varios puertos hasta llegar a Vallemí. En ese entonces, viajar por el río Paraguay era la forma más segura de llegar hasta los alejados pueblos del Norte. Los caminos por tierra eran escasos y en gran parte se encontraban en pésimo estado, algo que en los tiempos actuales sigue siendo el problema de las localidades más alejadas de las poblaciones urbanas.
El buque partió con 26 pasajeros y durante su recorrido fue alzando más personas. En el Puerto de Concepción, el 10 de febrero, fue donde más gente subió. El Myriam Adela era la motonave preferida por muchos de los que viajaban por el río Paraguay hacia la zona norteña. Pero el destino le daría un giro brusco unos 88 kilómetros aguas arriba, al llegar a Puerto Kemmerich (Concepción), donde hay un barranco de unos dos metros de altura. Allí se produjo el encuentro con un tornado. El buque no contaba con una planilla de pasajeros, por lo que fue difícil determinar la cantidad de gente que iba en ese viaje. Los cálculos posteriores estiman que a bordo estaban unas 160 personas, entre hombres, mujeres y niños. Y a esto se sumaban unas 17 toneladas de carga.
Según refieren las crónicas de la época, el capitán Juan Bautista Coronel alertó al segundo comisario a bordo, Prudencio Silva, sobre el extraño comportamiento del tiempo. Prudencio recomendó al capitán realizar marcha atrás. Eran poco más de las 19.00 cuando estalló el aguacero. Los pasajeros que estaban afuera ingresaron a la cabina para refugiarse y cerraron las ventanillas del carguero, en tanto que el viento empezaba a soplar con más fuerza, agitando las aguas y a la atestada embarcación. Temeroso de lo que podía suceder, Bautista Coronel ordenó dirigir la embarcación a toda máquina hacia la costa distante a unos 150 metros, para refugiarse en el barranco hasta que pasara el temporal.
Pero en el giro, a las 19.13, el tornado golpeó con fuerza al Myriam Adela, y lo dejó boca abajo (en vuelta campana). La nave salió a flote, para luego volver a hundirse en forma definitiva. Escenas dantescas se vivieron en esos momentos. Los que estaban afuera se lanzaron al bravío río y posteriormente se mantuvieron a flote agarrándose de salvavidas, colchones, maderas, etcétera. Adentro había terror, desesperación, llantos, gritos. Los que podían, rompían los vidrios de las ventanillas e intentaban salir a la superficie. El buque se hundió de manera inexorable llegando hasta el fondo del río, a unos 12 metros de profundidad.
Con su arrojo y valentía, don Eligio González, que trabajaba de peón en una estancia cercana, salvó a unas 25 personas. | Foto: Fernando Franceschelli
En Kemmerich, Eligio González (76) esperaba la llegada del barco para retirar una encomienda de su patrón. Sabría de la proximidad del buque cuando hiciera sonar su bocina. Para retirar el encargo, él se acercaría con su bote a recogerlo. "Un rato antes todo estaba tranquilo, ni siquiera una nube había", rememora hoy, 35 años después de la tragedia. Cuando se desataron la lluvia y el vendaval, se refugió junto a otras personas en un ranchito de unos trabajadores. "El tornado echó todo lo que encontraba a su paso. Duró minutos", dice.
Don Eligio recordó que no había amarrado bien el bote con el cual iba a buscar el encargo, por lo que bajó hasta la costa y ahí escuchó los gritos de los náufragos. Sin pensarlo tomó su embarcación de seis metros y empezó la tarea de rescate, haciendo frente a las olas altas y al fuerte viento. "Cuando llegué vi a las personas que estaban pidiendo socorro. Estaban todas juntas. Se tomaban de lo que sea. Pude agarrar a algunas que ya se estaban hundiendo", especifica y detalla que varios a quienes había traído se encontraban muy alterados y pedían volver para rescatar a algún familiar o conocido.
Con su arrojo y valentía, don Eligio, que trabajaba de peón en una estancia cercana, salvó a unas 25 personas. Por esta acción recibió dos condecoraciones: una de la Cruzada Mundial de la Amistad y otra del Club de Leones de Concepción. Pero fuera de esto, nada más. No tuvo ningún tipo de reconocimiento ni pensión de la Municipalidad ni de la Gobernación concepcionera.
Hoy en día vive prácticamente en la indigencia, acompañado de su hija Catalina González, el marido de esta (quien se encarga de mantener a la familia) y sus pequeños nietos. Ninguno de los sobrevivientes o sus parientes volvieron a contactar con él.
Hace poco más de un año quedó ciego a causa de cataratas. El 14 de enero de este año su señora, Marina Santracruz (73), falleció como consecuencia de un cáncer de piel. El pedido específico de este héroe civil es poder cobrar el subsidio de los adultos de la tercera edad. Debido a su estado de salud y a que su hija estuvo a cargo del cuidado de su madre durante el largo tiempo de su enfermedad, no ha podido iniciar las gestiones para acceder a este beneficio, cuenta. "Ese dinero me servirá al menos para algo", expresa con esperanza este sobreviviente de las grandes tormentas que pasaron por su vida.
El naufragio del Myriam Adela conmocionó a todo el país. Embarcaciones cercanas se sumaron a la tarea de rescate de los sobrevivientes y la búsqueda de los cuerpos. A la par de estas acciones se barajaban las posibilidades de cómo reflotar a la motonave, ya que se especulaba que había más víctimas en su interior. En este trabajo participaron buzos de la Armada nacional y grúas que fueron llevadas por agua hasta el sitio del luctuoso suceso. Carpinteros concepcioneros se ofrecieron a fabricar ataúdes de manera gratuita para los deudos, mientras que Concepción era el epicentro de colectas solidarias y oficios religiosos en la iglesia de la ciudad.
La tristeza invadía todos los espacios. Entre los primeros ahogados que fueron encontrados unos días después, se destacaba el de una madre que abrazaba con fuerza a su hijo pequeño. Al principio los restos hallados fueron llevados hasta la capital del primer departamento. Las autoridades determinaron que fueran enterrados en fosas comunes, debido al avanzado estado de descomposición. Unos días después, se ordenó que cuerpos hallados posteriormente fueran sepultados en la misma costa donde ocurrió el hecho. Esto alertó a los familiares de los fallecidos, quienes temían que sus seres queridos fueran enterrados sin que ellos los identificaran.
"Durante la partida al cementerio, el olor de los cuerpos agarraba toda la avenida Pdte.Franco", relata hoy Américo Albertini, integrante del Cuerpo de Bomberos de Concepción, instructor de natación y que con su amplia experiencia en el agua ayudó al rescate de los ahogados. El servidor público asegura que en todo el mundo el accidente del Myriam Adela fue la peor tragedia fluvial. De aquellas dos semanas, Albertini recuerda que en la desesperación algunos le reclamaban de manera airada el hecho de no encontrar aún a los desaparecidos en el siniestro.
En Puerto Kemmerich, entre 400 y 500 personas formaron un improvisado campamento durante la espera del reflote de la siniestrada nave. Gracianiano Irala (68), más conocido como Fotosky, realizó la cobertura para el diario Última Hora. Llegó tres días después del accidente y se mantuvo en el lugar como un mes. Cada día debía realizar el trayecto Kemmerich- Concepción para enviar por vía terrestre los rollos de fotos que se publicarían en la edición del día siguiente.
En la memoria aún guarda vívidas imágenes de su estadía en el lugar de los hechos. Recuerda cómo los parientes de los fallecidos se abrazaban a sus restos una vez hallados, sin importar el olor ni el estado de descomposición en que se encontraban. Otra película de ese momento fue el de unas personas que a orillas del río esperaban sentados sobre unos ataúdes la aparición de los cuatro miembros de una familia. Finalmente se encontró solo a tres de ellos.
Durante varios días el pediatra Mario González fue el único médico en Kemmerich. Además de asistir a los heridos, durante los 17 días que siguieron a la tragedia hasta el reflote total del barco, González dio palabras de aliento a los que se sentían de-sesperanzados por no encontrar a sus desaparecidos. "Un señor quería tirarse desde el barranco porque él se salvó pero los que iban con él, no", relata. También evitó riñas y un intento de violación. En medio de ese ambiente de tristeza y muerte, ayudó a dar a luz a una niña cuyos padres la bautizaron con el nombre de la embarcación. "Nunca más supe de ella", responde al preguntársele si conoce su paradero actual.
Mario González fue el único médico en Kemmerich. Asistió a los heridos, durante los 17 días que siguieron a la tragedia.
El doctor González había llegado hasta Puerto Kemmerich para buscar a su madre, Francisca Paradeda de González, quien viajaba en el barco rumbo a Vallemí, para visitar a uno de sus hijos. En el último día del reflote, tarea que se realizó luego de dos intentos infructuosos, pudo encontrar a su madre en la bodega de la embarcación. "La reconocí por tres elementos: un diente de oro, el anillo y un aro que ella llevaba", detalla González.
De los momentos vividos con el heterogéneo grupo de personas en el campamento, rememora que el estado emocional era muy cambiante. Al amanecer muchos se sentían pletóricos de esperanza a la espera de encontrar a sus seres queridos. Pero al caer la tarde la desazón cundía, cuando la búsqueda no daba resultados. González también menciona el hecho de que macateros inescrupulosos iban en botes y vendían alcohol a los ocasionales ocupantes de la orilla del río Paraguay. "Pero lo que más destaco en ese momento es la unidad que hubo en el grupo y la gran solidaridad de toda la gente", señala.
El 26 de febrero, a las 19.00, luego de estar 380 horas bajo el agua, el Myriam Adela fue reflotado. "Hasta en el baño había cadáveres", evoca el doctor González, uno de los intervinientes. Los datos más cercanos indicaron que fallecieron 113 personas y sobrevivieron 47. Años después, la embarcación volvería a surcar las aguas, pero solo como transporte de carga de ganado vacuno. El transporte preferido de los que iban al Norte por agua cerraba esta etapa con el estigma de haberse anclado en la historia del país como una de las mayores tragedias de la vida civil.
47 Años después, la embarcación volvería a surcar las aguas, pero solo como transporte de carga de ganado vacuno.

Los vaivenes de una nave

En su origen, el Myriam Adela perteneció a los Testigos de Jehová, que lo habían bautizado con el nombre de La Mensajera. Los religiosos lo utilizaban para llevar el evangelio a las localidades del Norte. Luego fue vendido y sirvió de transporte de carga de ganado en la misma zona. Posteriormente, la nave fue adquirida por Juan Gualberto López, que la transformó en barco de pasajeros y la renombró Myriam Adela, como una de sus hijas. La embarcación medía 27 metros de largo, cinco de ancho y dos metros de altura.
Posterior a la tragedia fue adquirida por Félix Rolón. Hoy en día lleva el nombre de Jinete I y es utilizada para transportar ganado a la zona norteña. Hace unos tres años y medio volvió a hundirse, a 274 kilómetros de Asunción, y se perdieron 80 cabezas de ganado.
Sobre los supuestos gritos y pedidos de socorro que se escuchan en la motonave en las noches de tormenta -después del hundimiento del 10 de febrero de 1978- Wilson Morínigo (33) comenta que en los 18 meses que trabajó en el barco, jamás escuchó tales manifestaciones.
Lo mismo afirma Gabino Sosa (59), que durante 10 años sirvió como marino en el Jinete I. "Cuando se pasa con el barco en la zona donde se fue a pique, uno tiene miedo y hasta parece que dos barcos están viajando, uno al lado de otro. Pero eso es porque tenemos miedo nomás", dice sonriendo Gabino.
*Publicación de la Revista Vida | Sábado 9 de enero de 2013

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