17 de marzo de 2013

Artífice de un sueño

Comenzó a dibujar a los cinco años. Poco después, tras la muerte de su padre, tuvo que dejar su Trinidad natal para ir a Buenos Aires, donde ganó su primer premio de dibujo y hasta una beca que no pudo usufructuar. Pero en su destino estaba el arte y se cumplió.  
Vicenta Giménez (60) dibuja desde los cinco años. Pero la vida tiene sus vueltas y, cuando su padre falleció, su madre quedó sola con once hijos, por lo cual decidió su futuro. “La más pequeña tenía 40 días y, como mamá quería que todos estudiemos, nos dispersamos; fuimos con nuestros padrinos y a mí, que era la del medio, me envió a la Argentina”, cuenta. Su tío la envió a la escuela en Posadas, luego a Corrientes y de allí a Buenos Aires. De día trabajaba y de noche iba a la escuela nocturna, de donde, en una ocasión, fueron a visitar una exposición de pinturas en Adrogué. “Era la galería de una artista francesa muy famosa y ahí gané el primer premio de dibujo. Lo hice con lápiz y con la carpeta nomás”, recuerda. Al entrar en la galería, le impactó un cuadro gigante: “Camino al calvario”; entonces, tomó su carpeta y comenzó a dibujar la imagen. “Parecía que esa señora me agarró de la mano y ella fue la que dibujó”, refiere.

Al terminar la exposición, la pintora la felicitó y le ofreció una beca. “Me dijo: ‘Te doy toda la oportunidad, te enseño todo lo que yo sé y en tres años podés ser tan famosa como yo’”. Pero como Vicenta trabajaba en una casa de familia, no tenía oportunidad ni medios; entonces pensó: “Ya me enviaron al colegio, estudié música, ¡y ahora la pintura!”. “No quise abusar de esa familia, que me quería tanto, entonces no les conté”, rememora. Y de esa forma, la beca se desperdició. Pasaron los años y Vicenta retornó a Trinidad del Paraná y, luego de un año, se casó con un músico y cantante, con quien tuvo cinco hijos: Elisa, Perla, Griselda, y los gemelos Justo Adán y Justo Isaac. “Yo tenía 23 años y siempre dibujé muy bien, pero no sabía que podía hacer una obra de arte. Luego, cuando conocí a mi suegra, que hacía carpetas y flores de plumas que enviaba a Japón, Alemania y a otros países, me enseñó artesanía”, comenta.

Vicenta revela que aprendió escultura sola, un Viernes Santo, cuando fue con una sobrina que había venido de Asunción a Paso Guembe a las tres de la tarde. La joven le había pedido ir a la casa de la abuela. “Yo le dije que sí, pero si me acompañaba al arroyo. Llegamos a casa de mamá, pero ya no quiso acompañarme, entonces fui sola por el monte. Una vez en el arroyo, encontré una hermosa raíz muy antigua. Pensé: ‘Yo la tengo que bajar’. Y con esa raíz me inicié haciendo la escultura”, señala.
Extrajo la raíz pensando hacer el rostro de una princesa, pero salió el de un indio. “No era lo que yo quería hacer, pero me salió hermoso el trabajo”, detalla. Y así se inició, haciendo rostros de indígenas. “Yo sueño mucho con mis antepasados. Un día soñé con un indio, cuyo brazo estaba unido al de la mujer. Esa obra fue producto de mi sueño. Entonces, le dije: ‘Indio José, ¿cómo te puedo llamar para que me inspires?’, porque es tan difícil hacer las esculturas”, confiesa y agrega que el indio salió del monte, le abrazó, le dio un beso en la frente y le dijo: “No hace falta que me llames, porque mi brazo es tu brazo; cuando estás esculpiendo, yo ya estoy contigo”.
Vicenta dijo que debía realizar su sueño y desde entonces no paró. “Hace 36 años que me dedico a la artesanía y 24 a la escultura”, indica la artista, prácticamente autodidacta, aunque estudió en la Universidad Católica por tres años Creación libre, para realizar figuras de cerámica.
La conocida artesana, a lo largo de su carrera, ha recibido innumerables premios y reconocimientos; entre ellos 97 certificados, y los más importantes: en 2002, la medalla de oro del Museo Nacional de Bellas Artes por su imagen de San Luis de Gonzaga; y el último, un reconocimiento a su labor artística promocionando el arte autóctono en el Festival del Tacuare’ê. “Algunos de mis trabajos están en la colonia Fran: una escultura a la mujer paraguaya en piedra esculpida de color rosa, de 1,83 m; una escultura en la plaza de Hohenau; en el Sanatorio Adventista hice un mural de 4 m de largo; en la entrada de General Artigas, las esculturas de los indios Cangó y Bobi; en una plaza, la escultura de Chirico Almada; en la ciudad de San Antonio está la imagen de San Antonio, de 1,70 m, sobre una cascada; y en un hospital de niños, uno con imágenes de ángeles”, resalta.
Asimismo, los murales del Viacrucis en Trinidad son de su autoría, así como las señales de las posadas de la ciudad. “Tengo muchos reconocimientos, pero de dinero, nada”, bromea.
Y los sueños de Vicenta siguen. Ahora tiene un gran anhelo que quiere concretar. “Deseo hacer un bote de la época de la conquista, pero lleva mucho trabajo. Ya tengo los materiales: lapacho, incienso, cedro, guajayvi, todas maderas nativas antiguas”, confiesa y agrega que lo que necesita es un galpón grande. “Además, como no tengo sueldo y hay poca venta, porque mis trabajos son muy grandes —hay trabajos desde G. 50 mil hasta G. 15 millones, que son los murales—, económicamente se me hace difícil realizar todavía mi sueño. Tal vez algún día alguien lo compre, una empresa o una plaza”, concluye mirando a los lejos como buscando el final del camino en donde los sueños se hacen realidad.
Un día soñé con un indio, cuyo brazo estaba unido al de la mujer. Esa obra fue producto de mi sueño.
Fuente: Abc color.

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