16 de abril de 2013

El señor de los trompos

Entre gritos y carcajadas, un grupo de niños se divierte con un pequeño trozo de madera giratoria en las calles del barrio Santa Rosa de Loma Pytá. Allí vive Francisco González, más conocido como Don Trompo, artífice del renacimiento de esta tradición para el disfrute de grandes y chicos. 
Por David Messina, ABC Color.
Francisco González se dedica a la fabricación
de trompos desde hace 8 años.
/ Heber Carballo, ABC Color
Francisco González es un ferviente entusiasta del trompo. Basta con escucharlo hablar unos pocos minutos para contagiarse de esta pasión que lleva dentro desde su niñez en el barrio María Auxiliadora de Asunción, en la zona de Trinidad. Por aquella época, eran comunes las escapadas en horarios de la siesta hasta la canchita más cercana o bien hasta algún terraplén del barrio. En aquel improvisado campo de batalla tenían lugar los más ingeniosos desafíos que tenían como protagonista al trompo.
“A decir verdad, el trompo siempre me apasionó, mucho más que otros juguetes o juegos de la época, inclusive. Porque se pueden hacer varios juegos con el trompo y es atrapante desde el momento en que uno empieza a competir.
Porque para competir uno tiene que entrenarse y cuando uno empieza a jugar, el más entrenado siempre le gana al novato; entonces era todo un proceso, tenía una dinámica. Si uno perdía un día, iba a practicar a su casa hasta mejorar la técnica”, señala Francisco y agrega que otro ingrediente atrapante es el dinamismo de los desafíos. “Hay que saber lanzarlo, hay que ayudarse con movimientos del cuerpo, tenés que flexionar las piernas, saltar y correr en algún momento del juego. Es muy dinámico”, destaca.
El trompo número uno
La historia de Francisco en su faceta de artesano de trompos se inició hace ocho años, con el trompo número uno, el primero de toda su producción. En aquel entonces, la inspiración nació de la necesidad de compartir una niñez de antaño con su hijo Ulises, quien hoy día ostenta el mote de Trompo Junior.
“Un día estaba ordenando mi taller y encontré unos trozos de madera que tenían más o menos un corte apto para un trompo, tenía una forma de cubo. Entonces decidí hacerle un trompo a mi hijo para que él vea cómo nos divertíamos nosotros antes; hice el trompo y justamente estaba ahí un grupo de amigos de él, les mostré y se quedaron apasionados por el juguete. Para ellos era algo totalmente desconocido, algunos lo habían visto de pasada, pero ni siquiera sabían cómo usarlo”, recuerda Francisco.
Lo que siguió de inmediato fue una suerte de clínica rápida para lanzamiento de trompos, de la cual todos los chicos presentes en aquel momento tomaron parte. Con mucha paciencia, Francisco dedicó todo el tiempo necesario a cada uno de ellos hasta que al menos pudieron dominar los movimientos básicos. “Ese día fue todo un acontecimiento. En casa hubo como 20 personas y a partir de ahí, se me prende la lamparita y, pienso que eso podía funcionar como negocio”, refiere Francisco.
“El primer trompo lo hice con un taladro nada más, no tenía los elementos que tengo ahora. Hoy en día estoy más mecanizado que en aquellos tiempos, pero sigue siendo artesanal la producción en sí, porque el torno es un elemento para dar vuelta nada más la madera, pero la forma, el desgaste, el lijado, todo el proceso de producción es manual, porque es la mano la que tiene que ir guiando las herramientas para poder darles forma a los trompos”, detalla.
Rescate cultural
No pasó mucho tiempo para que Francisco sea reconocido en el barrio como Don Trompo, apodo que a su vez fue elegido como nombre para la marca que hoy en día ya cuenta con presencia en las redes sociales, inclusive.
“Don Trompo nace de una anécdota: unos chicos vienen a casa un día que yo no estaba y le preguntan a mi señora si no estaba Don Trompo. Cuando yo vuelvo de mi trabajo, mi señora me dice que vinieron unos chicos y preguntaron por Don Trompo. Eso me causó mucha gracia y ahí decidí agarrarlo para el nombre de mi empresa”, revela Francisco sobre la anécdota que bautizó su negocio.
El negocio de Francisco recibió un empuje extra con los festejos del Bicentenario, llegando a ser considerada su labor como un rescate cultural. Luego de ocho años y más de 10.000 trompos, contando desde el primero que fabricó para su hijo Ulises, hoy en día no es tarea fácil conseguir una pieza de Don Trompo. Esto se debe a que la demanda de los juguetes de Francisco supera ampliamente su capacidad de producción.
“Anteriormente cada trompo terminado en crudo me tomaba 25 minutos, hoy en día termino solo en 7 minutos. Antes lográbamos hacer tres trompos por día, a reventar. Y la gente empezaba a hacer sus pedidos, la noticia iba de boca en boca y ahí en el entorno de mi vivienda nada más. Con el tiempo tomé más en serio y vi la forma de comprar máquinas más rápidas, también empecé con la venta en almacenes, les dejaba a consignación, las ventas se aceleraron y así llegamos a las 10.000 unidades”, cuenta.
Hoy, Don Trompo es una empresa familiar que involucra a todos los integrantes del clan González. Francisco y Ulises se encargan de las primeras fases de producción, desde la compra de las maderas de guayaybí hasta el moldeado y lijado. Luego, cada pieza pasa a manos de su hija Rosana, quien cubre toda la superficie del trompo con una pintura base, y de ahí cada unidad vuelve a manos de Francisco, quien se encarga del acabado. Finalmente, es su esposa María quien se encarga de la venta y la preparación de los hilos. “Utilizamos guayaybí porque es imposible conseguir madera de guayabo en la cantidad que necesito”, aclara Francisco.
El precio de un trompo oscila entre los 20.000 y 100.000 guaraníes, dependiendo del acabado. Puede estar pintado con pintura acrílica estándar o metalizada. Es usual encontrarlos en la calle Palma o en la costanera de Asunción, los fines de semana.
Juego de niños
Si bien existen diversas modalidades que se aplican al juego del trompo, una de las más conocidas es el trompo sele. En esta variante, los concursantes tienen que acercar el trompo a una raya trazada en la arena y el vencedor se encarga de iniciar el juego. El participante rezagado debe poner el trompo en el suelo y los otros integrantes se encargan de castigar al trompo con las punzadas de la púa ubicada en la punta del trompo.
En todo momento se debe tocar el trompo del adversario; el participante que no logre esto debe ofrecer su trompo para que sea castigado.
En el caso del trompo kora’i, los participantes deben acercarse también a una raya trazada en el piso para determinar quién queda en mejor posición. Luego, se traza un círculo en el piso, que puede ser dividido en varias porciones numeradas, de acuerdo a la cantidad de jugadores. Luego de lanzar los trompos, se determina quién queda mejor posicionado de acuerdo a la porción alcanzada en el círculo.
El peor ubicado pone el trompo que debe ser empujado desde el punto de partida hasta el centro del círculo. A partir de allí, todos los participantes empujan el trompo por turno hasta ubicarlo en una de las porciones de la torta. En este caso, el trompo empujado es enterrado en la arena hasta la mitad para luego ser castigado con golpes de púa.
Sepa más
www.dontrompo.jimdo.com o en la página Don Trompo, en Facebook.


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