30 de junio de 2013

El invierno y las fiestas del fuego en Paraguay

Acaba de llegar un nuevo invierno al hemisferio sur y todos los habitantes del Paraguay hemos entrado oficialmente en él. Por Montserrat Alvarez (ABC color)
El invierno es un fenómeno físico objetivo, una realidad exterior susceptible de definición fácil y precisa, pero también es una realidad interior y una experiencia subjetiva compleja, misteriosa y, como tal, difícil de definir, y esto siempre ha sido así y probablemente lo seguirá siendo. 
La experiencia subjetiva del invierno puede ser pensada con conceptos neutrales, pero también toca directamente el cuerpo del modo más arcaico y más primario, y despierta, por eso, un elemental fondo instintivo para el cual, como otras realidades análogas, aunque diferentes (la oscuridad, las sombras, el silencio, la soledad, la noche), no es sino una metáfora de la muerte contra cuya llegada la vida reacciona con los poderes del fuego y de la luz.

Y es precisamente en la noche más larga del año cuando la inmemorial rebelión prometeica de la fiesta y la alegría se vuelve con más fuerza contra esta antiquísima amenaza que traía el invierno a las comunidades de un mundo más rural que el contemporáneo, y en el que los meses fríos suponían el riesgo material y tangible del hambre. Por eso en nuestro país, en el que la tradición campesina sigue tan viva como sus grandes terrores –la enfermedad, el frío, la sequía, la intemperie, las vastas formas espectrales de esas deidades terribles del horizonte preindustrial del campo, sujeto a la fatalidad de las estaciones y la naturaleza– y en el que a la fiesta de San Juan traída desde España, en donde en esta fecha se celebra el solsticio de verano, se le responde con el revés simétrico de nuestra propia fiesta, que celebra el solsticio de invierno, San Juan es una fecha que sigue congregando a la tribu dispersa en torno de la hoguera en el siglo XXI.
En la Noche de San Juan –y esto, según tengo entendido, no solo en España sino en toda Europa– se encienden grandes fogatas en medio de las tinieblas saludando la llegada del solsticio de verano. Como es por demás obvio, las fechas del solsticio de invierno y del solsticio de verano están invertidas en ambos hemisferios, de modo tal que el solsticio de junio es el día más largo del año en el norte y el día más corto del año en el sur (como el solsticio de diciembre es la noche más corta del año en el sur y la noche más larga del año en el norte, lógicamente. Excusen que apunte estas perogrulladas). Pero nuestro San Juan y sus rituales son del todo apropiados para enfrentar la experiencia del invierno, pues en ambos solsticios, tanto en el de Navidad como en el San Juan, desde tiempos prerromanos, se han celebrado fiestas en las cuales el fuego es el protagonista. En el San Juan del hemisferio norte, dice sir James Frazer:
«En toda Europa, desde tiempo inmemorial, los campesinos han acostumbrado encender hogueras en ciertos días del año o bailar a su alrededor o saltar sobre ellas. Las costumbres de esta clase pueden rastrearse por testimonio histórico hasta la Edad Media y sus analogías con las costumbres parecidas practicadas en la antigüedad, así como una fuerte evidencia interna, nos muestra que es preciso buscar su origen en una época muy anterior a la difusión del cristianismo. Claro que la prueba más temprana de su práctica en el norte de Europa proviene de los esfuerzos hechos por los sínodos cristianos en el siglo VIII para suprimirlas como ritos paganos. No es infrecuente que en estos fuegos se quemen efigies o se finja quemar a una persona viva, y hay razones para creer que antiguamente se quemaban realmente personas en estas condiciones. Las épocas del año en que por lo regular se encienden estas hogueras son primavera y verano, pero en algunos lugares las encienden también al final del otoño o durante el invierno». (La rama dorada, México, Fondo de Cultura Económica, 1969, páginas 684-685).
Las fiestas del fuego se parecen mucho todas entre sí. Son la respuesta del cuerpo y del espíritu a los peligros de la naturaleza, respuesta que destierra el temor y el desamparo con el placer y la alegría. Calentar en el frío, alumbrar en las tinieblas, cocer los alimentos que serán compartidos, y reunir a la gente en torno al calor y a la luz ha sido la función de la hoguera en todas partes del mundo desde que el hombre domesticó el fuego. En nuestros numerosos sanjuanes paraguayos, tan importantes para nuestra cultura local que cubren prácticamente todo el mes de junio, y que a veces se extienden incluso un poco más, damos, sin percatarnos, formas relevantes y exactas de juegos y de rituales a situaciones que están más allá del tiempo y del espacio concretos que cada uno de nosotros habita como individuo, y que nos permiten vislumbrar así una realidad que incluye las limitaciones de esas coordenadas espaciotemporales pero que abarca también algo que está más allá de las mismas.
Nuestras fiestas nos narran de este modo algo que excede lo cotidiano, nos insertan en el vasto relato de aquellos hechos universales que nos comunican con los que antes de nosotros los vivieron y con quienes los vivirán después de nosotros. Salimos en esas noches de San Juan, pese al frío –o, más exactamente, en cierto modo, a causa de él–, porque oscuramente sabemos que hay algo ahí que vale la pena conmemorar. Jugamos pelota tatá o palo encebado, visitamos el quiosco de la pruebera y comemos chicharó trenzado, butifarra y mbeyú no solo porque es divertido o porque es suculento –aunque también por eso– sino porque cada uno de esos elementos de la celebración sirve para sacar de lo habitual esa fecha marcada para simbolizar lo misterioso del curso de la vida y del hito que en tal curso marca el solsticio de invierno, y para dar así la importancia que realmente tiene a una experiencia antigua y enigmática de la que somos parte y que en el fondo sentimos, aunque sin saber por qué, que merece ser recordada y trasmitida para cruzar mejor los íntimos temores a las sombras y al frío del invierno.
Probablemente, la profunda memoria del lado más arcaico de nuestro sistema nervioso guarde la imborrable impresión de los peligros de la falta de sol, de luz y de calor que traen esos meses, el miedo atávico a la oscuridad y a la penuria frente a los que la fuerza vital de nuestra especie se rebela con las fiestas del fuego celebradas desafiantemente en plena noche. Del fuego, cuyo animal simbólico por excelencia es el fénix, símbolo de la resurrección, que emerge de sus cenizas con renovado vigor después de haber ardido, de haberse quemado y consumido, tal como el sol siempre vuelve, resucitado e invicto, al pasar el invierno.

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