5 de diciembre de 2013

Gráciles y preciosas alhajas made in Luque

La ciudad de Luque es la meca de los buscadores de tesoros. Casi no hay cuadra en la que no haya una joyería en la que se exhiban y se comercialicen los frutos de las hacendosas manos de los orfebres. Una joya en filigrana u otras artesanías son algunas buenas propuestas para los regalos de fin de año. Por Luis Veron - ABC color.
La artesanía en metales preciosos es una de las más antiguas desarrolladas en el país. Si bien desde antaño, alrededor de los metales preciosos, se han tejido las más fantasiosas historias, más que historias, leyendas y mitos.
Donde los metales preciosos no son ni legendarios ni mitológicos es en la ciudad de Luque, donde la orfebrería es una de las actividades de sus pobladores.
Pese a la ausencia de metales preciosos, la orfebrería en nuestro país es una actividad cuya presencia viene de muy lejos en la historia. En otros lugares del continente, los metales preciosos tuvieron un significado esencial. Muchas naciones conocían los procedimientos de fundición a tal punto que su técnica aventajaba a los de los orfebres y plateros españoles. Inclusive, al parecer, algunas técnicas eran de conocimiento exclusivo americano y desde aquí, después, se conoció en Europa.

En la América colonial, los artesanos o plateros, como eran conocidos, se agrupaban según su especialización técnica: tiradores o batihojas, que hacían láminas de plata por medio del martillo. Los de la plata o mazoneros, que repujaban o cincelaban siguiendo modelos arquitectónicos, y los plateros en general, que trabajaban en todas las labores, montaban piedras y esmaltaban.
La larga tradición orfebrera paraguaya arranca en la colonia. La platería estuvo muy presente en las misiones jesuíticas ya a comienzos del siglo XVII, en las que misioneros e indígenas hicieron muy buenos trabajos. Años, décadas después de la expulsión de los jesuitas, los viajeros se maravillaban de la platería que aún se podía ver en los abandonados templos: cruces, vinajeras, bandejas, custodios, candelabros, incensarios, lámparas, etcétera.
En otro ámbito, la población en general era muy afecta a los objetos de plata: estribos, cabezales y fiadores de caballos eran de plata. La morada del campesino podía ser modestísima, se cubrían con miserables harapos, pero la montura era rica en platería, así como sus respectivos arreos. Así también como bombillas y mates de plata, o los yesqueros y candelabros.
Algunos de los grandes maestros pioneros en los trabajos de platería fueron Juan Velázquez, llegado con Mendoza; luego vino el maese Jacques, en 1538; Juan López, en 1567; Francisco Ruiz y Francisco Carrasco, llegados al Paraguay en 1672.
A estos profesionales siguieron muchos otros. Claro que más que a su profesión, se habrán dedicado a otros menesteres, pero la llegada de una sesentena de mujeres, acompañando a la adelantada Mencia Calderón de Sanabria, habrá influido en ellos, pues las mujeres siempre han sido afectas a las joyas y otros afeites.
La materia prima era importada del Perú. Empezaron a ser común las vajillas de plata, primordialmente, en las casas de familias acomodadas y no tanto, teniendo en cuenta que en aquella época la plata era más barata que el vidrio o la porcelana.
Además de la plata, otro metal muy utilizado era el oro, también peruano. Era cosa habitual el lucimiento de peinetas, anillos que cubrían varios dedos, muchos engarzados con crisólitas, cadenas, rosarios de oro macizo, zarcillos “tan largos que descansaban en los hombros...”; collares de filigrana, anillos de siete ramales, rosarios de gruesos granos trabajados, sortijas “carretón”. Cuyos originales pueden rastrearse en los pueblos portugueses y españoles que, como dice Josefina Plá, “parecerían escapados del ajuar de una paraguaya”.
Los anillos de ramales, antiguos anillos de bodas, y las filigranas son de neta ascendencia oriental. También lo eran las “sortijas de secreto”, cuyo regatón disimulaba un diminuto receptáculo que encerraba el veneno salvador, el delgado billete amoroso o el aviso del conspirador, como el que tiene una amiga nuestra, Carmita Zarza.
Hasta hoy, los orífices luqueños elaboran estas alhajas sobre modelo antiguo y también con diseños innovados. Muchos son los profesionales –muy buenos, por cierto– que se dedican a este antiguo arte en el que se conjugan sapiencia, paciencia y memoria.
Así lo testimonian las joyas en plata que hoy presentamos: aros, anillos, collares, rosarios o utensilios de uso cotidiano como lapiceros, guampas, jarras, bombillas, todas salidas del taller de don Arnaldo Núñez, uno de los más antiguos orfebres luqueños, quien al igual que sus colegas –muchos nucleados en la Asociación de Orfebres Luqueños– mantiene vigente este saber, este arte y esta tradición, para deleite de los amantes de las joyas, alhajas que bien podrían formar parte de los regalos findeañeros a los seres queridos.
surucua@abc.com.py 
Fuente: ABC color.

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